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Yeshua de Nazareth: del fracaso histórico al triunfo mítico, por Anselmo Sanjuán




Anselmo Sanjuán, Catedrático de filosofía IES i Traductor del alemán.  


Dos milenios de investigación histórica no han servido para atrapar históricamente al Jesu-Cristo de la Iglesia. El método histórico-crítico se le ha aproximado tras desmontar imponentes construcciones teológicas y desbrozar el terreno de relatos fantásticos: milagros, apariciones angélicas, narraciones imaginarias sobre su infancia, etc., pero no ha logrado presentarnos una personalidad bien definida actuando en situaciones creíbles. Las fuentes extrabíblicas, fundamentalmente Flavio Josefo, dan poco de sí; las evangélicas y paulinas son entramados teológicos que interpretan interesadamente los hechos. Si apareciese, ni que fuese fragmentariamente, la obra perdida del historiador Justo de Tiberíades, paisano de Yeshua y rival de Josefo, podría dar grandes sorpresas. 


Los  orígenes familiares del personaje son oscuros y los  cuatro evangelios informan de manera vacilante y confusa sobre su filiación. De ahí que entre los rabinos se dijese bien pronto, cuenta Celso en su Historia verdadera (S. II d C), que Yeshua era hijo de un soldado romano llamado Panthera o Pantera. ¿Pura malevolencia basada en la inquina religiosa? Los apologetas cristianos replicaron, en efecto, que Pantera  era una deformación infamante de Parthenos (virgen, en griego). Ahora bien, el historiador alemán A. Deissmann mostró a principios del siglo  XX que tal nombre  aparecía con cierta frecuencia en inscripciones de tumbas de soldados romanos enterrados en Alemania, lo cual reactivó la importancia de un hecho silenciado durante medio siglo: el descubrimiento en 1859, en Bingerbrück, sur de Alemania, de una tumba de soldado romano con  su silueta  tallada en piedra y la inscripción “Aquí yace Tiberius Julius Abdes Pantera, de Sidón, de 62 años de edad, soldado con 40 años de servicio en la cohorte de arqueros”. Este soldado murió a mediados del siglo I d.C. y se sabe que su cohorte había servido en Palestina. Antes y después de la, para los romanos, funesta batalla de Teoteburg, varias unidades legionarias fueron trasladadas de Oriente hacia Germania. El arquero en cuestión debió adquirir nombre y ciudadanía romana en la época de Tiberio. El nombre Abdés podría ser la forma latinizada del arameo ebed (siervo de Dios) y siendo el siriaco (Sidón era una ciudad sirofenicia)  un dialecto arameo, podría designar a un sirio o a un judío de Siria. Sidón está a 70 kmts de Séphoris, ciudad con guarnición romana y situada sobre un cerro, a 6 kmts de Nazareth. Mateo pone en boca de Yeshua estas palabras: "no se puede ocultar una ciudad en la cima de un monte”: ¿pensaba en la Séphoris que veía cotidianamente? Si Panthera era un nombre corriente y no una deformación de parthenos, ¿es  posible  que aquel arquero sirofenicio o judío fuese su padre biológico? Hipótesis arriesgada, pero no descabellada.


En 1990 fue descubierta en Jerusalén la tumba del Sumo Sacerdote Caifás, adversario de Yeshua y probable cómplice de su condena. Historiadores y arqueólogos consideran incuestionable la autenticidad de tumba y osario. Pocos años después, otros hallazgos arqueológicos en el mismo entorno causaron gran expectación, en especial el de una tumba familiar con varios osarios relacionados entre sí. Aparte de ello, en otro osario de incierta procedencia y comprado a un coleccionista figuraba la inscripción “Yakov, hijo de Yoseph, hermano de Yeshua”. Marcos, Pablo y Hechos de los Apóstoles nos informan coincidentemente de que Yeshua tuvo un hermano llamado Yakov. Si Yeshua era o “según se creía, era hijo de Yoseph” (Lc 3, 23), este osario tendría bastantes posibilidades de ser realmente el de ese hermano. El descubrimiento  suscitó una intensa polémica entre expertos. Todos reconocían que tumba y osario pertenecían al siglo I d. C. y que la primera parte de la inscripción era auténtica. Las discrepancias surgían respecto al segmento “hermano de Yeshua”, que algunos juzgaron  como  añadido posterior. El arqueólogo e historiador J. Tabor (La dinastía de Jesús) y otros expertos se reafirmaron en la autenticidad de toda la inscripción, pues los materiales de la pátina dejada por el tiempo son los mismos en toda ella. Como quiera que la tumba familiar hallada previamente contuviera, según certificación arqueológica, diez osarios de la misma época y factura, de los que uno desapareció misteriosamente, Tabor concluyó que ese osario desaparecido (robado) era el comprado al coleccionista. Estaríamos, pues, ante la tumba de la familia de Yeshua. De los nueve osarios restantes, seis tienen inscripciones y una de ellas reza “Yeshua, hijo de Yoseph”. Añadamos las de una María, la de una Marianme (otra versión de María o Miriam), la de un Yoseph, la de un Matya y la de un “Yuda, hijo de Yeshua”. Marcos  menciona los nombres de cuatro hermanos de Yeschua, a saber, Yakov, Yoseph, Shimon y Yuda. Es históricamente explicable que los dos últimos no figuren en la tumba: Hegesipo y Eusebio escriben que ambos sucedieron a Yakov en la dirección de la comunidad cristiana de Jerusalén después de la catástrofe del 70, tras la cual se modificaron los modos de enterramiento. La tumba contendría, pues, los restos de la madre de Yeshua, los del propio Yeshua y los de sus hermanos  Yoseph y Yakov, en caso de que el osario  de éste fuera el perdido. Puesto que las pruebas de ADN han mostrado que el Yeschua de esta tumba y la Marianmé no son consanguíneos, podríamos identificar a ésta última como la María de Magdala de los evangelios, con la que Yeshua habría concebido al Yuda de la tumba. Como “verso suelto” quedaría ese Matya. Estadísticamente es  imposible que hubiera en esa época otra familia con esa misma combinación de nombres y Lucas (Hechos 1, 14) nos informa de que la familia de Yeshua vivió en Jerusalén tras su ejecución.


Hay, sin embargo, objeciones serias que no invalidan, pero vuelven inseguras las conclusiones de Tabor: no hay plena seguridad de que el osario de Yakov proceda de esa tumba y la discusión sobre la autenticidad de toda la inscripción continúa. Respecto  a las pruebas de ADN de los residuos de los osarios –los judíos ortodoxos volvieron a enterrar los huesos- Tabor habla de congruencias genéticas El Estado de Israel no ha dado demasiadas facilidades para avanzar en los análisis: una tumba con restos de Yeshua invalidaría el dogma de la resurrección y una María madre de varios hijos, el de la virginidad. Israel evita conflictos con el Vaticano que podrían redundar en nuevos aislamientos y en una disminución drástica del turismo cristiano.


Arqueología y epigrafía no han podido, por ahora, “atrapar” al Yeshua histórico. ¿Lo conseguirán el análisis filológico e histórico de los textos? De ese análisis  se deduce que éste nació y creció en Nazareth y que tuvo mala relación con su familia. Las narraciones de Mateo y Lucas sobre su nacimiento en Belén, patria de David, son incompatibles entre sí y no tienen otro objetivo que el de mostrar su legitimidad mesiánica. Sus respectivas genealogías, asimismo incompatibles, se pretenden “credenciales” de aquella legitimidad. La de Mateo incluye, sin embargo ciertos detalles de gran interés respecto a la posible bastardía de Yeshua, a la que me referiré  en próximo artículo en relación con su “programa revolucionario” 


Que Yeshua rechazó a su familia lo evidencian varios textos evangélicos que satisfacen el principal criterio de autenticidad: la tradición los ha conservado pese a resultar embarazosos para la comunidad cristiana. Autenticidad que se refuerza si textos posteriores los ablandan, como es el caso, para hacerlos más “digestibles”. Pues bien, en el primer evangelio  se lee (Mc 3, 21) que Yeshua, ya célebre en Galilea y Sirofenicia,  predica con éxito en Cafarnaúm y que sus parientes vienen a buscarlo -¡desde Nazareth, a 48 kmts!- pues lo creían “fuera de sí”. Cuando le avisan de la presencia de su familia, él no la recibe y, aludiendo a quienes le escuchan, exclama: “estos son mi madre y mis hermanos”. Respuesta abrupta que niega todo valor a los vínculos familiares. En Lc 14, 26, Yeshua exige de sus seguidores odiar "a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida”. Algo difícil de compaginar con el mandamiento judío –que él acepta en otros pasajes- de amar al prójimo como a sí mismo. Prójimo viene de próximo y Yeshua estatuyó en el episodio que la verdadera familia de sus seguidores debía ser la sectaria, no la consanguínea.  Mt 10, 37 suaviza así: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi”


Es, desde luego, posible que  la literalidad de esas manifestaciones se haya “teñido” por la atmósfera político-religiosa subsiguiente al desastre del año 70 (caída de Jerusalén y destrucción del templo por los romanos), que dejó a la comunidad cristiana a la intemperie: sospechosa para los romanos en cuanto mesiánica, tenía, por otra parte que ser rechazada por la nueva y áspera ortodoxia farisea elaborada, tras la catástrofe, en la pequeña ciudad de Yabné. Pues los cristianos –como veremos- no sólo no habían luchado contra Roma, sino que ahora, además de contar con numerosos adeptos de procedencia gentil y permitirse licencias respecto a la Ley, justificaban la devastación de Jerusalén por el rechazo que en ella había sufrido su maestro. Desaparecidos templo y casta sacerdotal, los fariseos  abominaban ahora de  toda veleidad mesiánica y veían que la supervivencia del pueblo  sólo dependía ya de la fidelidad a la Ley, la tradición y la unidad étnica. De ahí la introducción en la plegaria sabática de las 18 bendiciones  de una maldición contra  los herejes (nazarenos incluidos) en la que se pedía a Yahveh que “los borrara del árbol de la vida” y -aspecto político- que aniquilara cuanto antes el “insolente gobierno”, alusión al yugo romano. En tal situación, los responsables de la comunidad cristiana tenían que forzar el espíritu de resistencia y presentarlo como una exigencia del maestro crucificado. Pues, evidentemente, los judeocristianos tenían familiares adheridos a la ortodoxia mayoritaria y los cristianos de procedencia gentil se veían frente a masas no conversas, hostiles a cualquier versión del judaísmo. Se explica que en esa situación se pusieran en palabras de Yeshua profecías que no encajan con su primera promesa del Reino y hablan de duros enfrentamientos familiares, revueltas y devastación general. Son profetiae ex eventu que realzaban su rango profético y daban seguridad a la grey creyente: “¡manteneos firmes!, cuanto sucede es transitorio y estaba anunciado por él. El evangelio de Mateo replica, por cierto,  a la maldición rabínica presentando al pueblo judío como responsable colectivo de la muerte del mesías: “Y todo el pueblo respondió (a Pilatos):´su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Las supuestas palabras pronunciadas por Yeshua en la cruz (Lc 23, 34)  “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” que anularían el pésimo augurio antijudío inherente al texto de Mateo no figuran en ningún otro evangelista; ni en Pablo, para cuya teología vendrían muy a propósito. Es más: no aparecen en muchos manuscritos de Lucas. Son pues, un añadido hecho en tiempos más conciliadores.   


Ahora bien, los textos de Marcos citados más arriba muestran que la desavenencia entre Yeshua y su familia era profunda y que ésta lo creía perturbado o, como mínimo, extraviado. Ecos del conflicto llegan hasta el tardío  evangelio de Juan: “Es que ni sus hermanos creían en él” (7, 5). ¿Cuál era la raíz del desencuentro? Es impensable que una familia judía de entonces rechazara sin más la común esperanza en la pronta venida del Reino de Dios, fundada en los grandes textos proféticos. Hemos, pues, de deducir que la de Yeshua, aunque partícipe de aquella, estimaba que él no podía ni debía lanzarse a predicar la inminencia del Reino asumiendo un papel protagonista para el que no lo creían capacitado o, tal vez, plenamente consciente del enorme riesgo implicado en ello. ¿Mediaron también motivos más personales?


La concepción virginal de Yeshua con intervención directa de Dios y solemnes anuncios angélicos -inasumible para el hombre moderno- haría  inexplicable la actitud de una madre apartando a su hijo de  la misión impuesta por su “padre celestial”. De hecho, cuando Yeshua se  niega a recibir a su familia, afirma indirectamente que ésta se opone a la voluntad de Dios, algo incomprensible si, al menos su madre, hubiera sido partícipe del plan divino. Es claro que el enfrentamiento familiar tenía que ver con factores meramente humanos. Madre y hermanos sabían de la suerte corrida por Juan Bautista y del trágico final del fundador del movimiento zelote, Judas Galileo, opositor intransigente al pago del tributo impuesto por Roma, y de sus hijos. Judas quería establecer el Reino de Dios en base a esta convicción: Dios ayuda y da el golpe final a los enemigos si los “celosos de la Ley” arrostran todos los sacrificios, incluido el de la propia vida. Emulaban a los Macabeos, que obtuvieron la independencia de Israel tras largos años de lucha contra el Imperio Seléucida. Que la familia de Yeshua intuyera en qué pararía su proyecto explica, al menos en parte, el antedicho desencuentro y ayuda a situarlo en la historia real. 


También ayuda a ello el análisis de las relaciones entre Yeshua y Juan Bautista, serio problema para los seguidores del primero. El enorme prestigio de Juan, (véase F. Josefo), podía eclipsar el de Yeshua. Los textos dejan traslucir con cierta claridad que éste había sido discípulo del Bautista y nrecibido de él un bautismo que perdonaba los pecados. De ahí se inferían dos consecuencias inasumibles que cabía disimular: quien bautizaba, Juan, era el preeminente respecto a Yeshua, el bautizado, quien, por definición, sería tan pecador como los demás. Los cuatro evangelios dan otras tantas versiones del episodio del bautismo, incompatibles entre sí, pero coincidentes en la intención: “documentar”, con ayuda de voces celestiales, la superioridad del discípulo sobre el maestro y dejar claro que el primero acepta el bautismo por humildad, no por necesidad. La teología sectaria hizo después el resto: El Reino de Dios inicia su llegada no con Juan, sino a partir de Juan, mero precursor, hasta el punto de que “el más pequeño en el Reino de los Cielos será mucho mayor que él” (Mt 11, 11). En los sinópticos, Juan es Elías redivivo, pues, según creencia popular basada en Malaquías, el gran taumaturgo debía volver al mundo antes de que “el Día terrible de Yahveh” hiciera justicia en favor de Israel. El Día de Yahveh, fatal para gentiles e impíos, es el reverso del Reino de Dios. El Bautista anuncia el reverso, Yeshua, el anverso: la cara salvífica del Reino, y cabe preguntarse si la separación de ambos no radica en ese crucial punto teológico. Evidente es que los cristianos establecieron después una clara jerarquía de bautismos: el de Juan, en agua, limpiaba los pecados, condición mínima, pero no suficiente, para entrar en el Reino. El de Yeshua, sí que permitía esa entrada por trasmitir el Espíritu Santo.


Los evangelios, especialmente el cuarto, y Hechos dejan muy claro que la secta de Juan siguió activa tras su muerte y rivalizando con la de Yeshua, hecho que desmiente la afirmación teológica de que Juan diera por cancelada su misión ante la llegada del mesías o profeta definitivo. El modo sinuoso y parcial en que el N. T. habla de las relaciones entre los dos personajes habla, por cierto, a favor de la realidad histórica de Yeshua. La de Juan está documentada en Josefo. 


Yeshua se propuso como meta el Reino de Dios. ¿Lo consiguió?. Los evangelios están atravesados al respecto por  una contradicción interna, insalvable, entre aquel proyecto vital, ilusorio y fantástico, y su desenlace real, históricamente decepcionante. Esa contradicción es la matriz de otras muchas cuya fisonomía lleva la marca de las vicisitudes históricas posteriores, especialmente, las relativas a las relaciones entre Palestina y el Imperio. Resumo tal contradicción interna: un galileo convencido de que “se ha cumplido el tiempo” profetiza exaltado la inminencia de un Reino de Dios preñado de promesas de todo género. Después, proclamado mesías por los suyos –puede que sin pleno convencimiento por su parte- , encabeza el movimiento de la gran trasmutación. Triunfa en Galilea y  decide ir a Jerusalén, donde topa con fuerte resistencia por parte de las fuerzas vivas de la ciudad. El desenlace final es un completo fiasco: el Reino queda sin instaurar y su paladín muere crucificado. Roma y el establishment judío siguen imponiendo su dominación política y económica.


Dos pasajes evangélicos ilustran meridianamente aquel fracaso. El primero figura en  Lc 24, 13-31: Yeshua, recién resucitado, se aparece como caminante casual a dos discípulos camino de Emaús, pueblo próximo a Jerusalén. Apenas han pasado tres días desde que lo vieran vivo, pero ¡no lo reconocen! El punto decisivo es lo que ambos le comentan al “desconocido”: están decepcionados porque Yeshua, poderoso profeta “en obras y palabras” ha sido condenado a muerte por nuestros sacerdotes y magistrados y no ha liberado a Israel. Sólo saben que  algunas mujeres que fueron a su tumba, dicen haberla hallado vacía y haber tenido, incluso, la visión de unos ángeles que les dijeron que estaba vivo. Una vez más, ángeles como Deus ex Machina que resuelven una situación complicada. Lucas pretende narrar una situación concreta, pero en realidad teologiza sobre, digamos, una “estructura situacional” de la secta. De su modo de hacerlo cabe extraer consecuencias muy valiosas: que los tres enfáticos anuncios que figuran en los sinópticos, en los que Yeshua predice su condena, crucifixión y resurrección al tercer día, fueron añadidos –por el evangelista o por la tradición sectaria- para mostrar que todo sucedió según estaba previsto y vaticinado por el maestro. Ahora bien, si ello fuera así, estos discípulos, y muchos otros, habrían esperado en Jerusalén el gran acontecimiento de la resurrección. Del texto lucano se desprende asimismo que, en Pascua, la comunidad cristiana atravesó una profunda crisis y dio por perdido el Reino de Dios y su contenido político más directo, la liberación de Israel.


Lo que sigue confirma esta conclusión: los dos discípulos reconocen a su maestro al partir el pan –uso que precede a la posterior eucaristía- en casa de uno de ellos y él les imparte una larga lección exegética del A.T. “empezando por Moisés y continuando por todos los profetas” (¡16 profetas!). De este modo, el evangelista retroproyecta en Yeshua la tarea interpretativa realizada durante años por la comunidad. Resulta chocante: el resucitado no tiene mejor cosa que hacer, el primer día de su nueva vida, que aparecerse a dos discípulos cualesquiera y atiborrarlos de teología. El supuesto  episodio –reflejo de una estructura situacional de la secta que requería solución teológica- , no aparece en los otros evangelios, aunque, también en estos, el comportamiento de resucitado y discípulos contradice los supuestos vaticinios: en el epílogo de Marcos –un añadido posterior- se dice, incluso, que ni Pedro ni los suyos dieron fe a María Magdalena, que afirmaba haber visto al resucitado (obsérvese que en el episodio lucano de Emaús, las mujeres sólo vieron ángeles) 


El segundo pasaje, Mc 14, 32-42, aún más decisivo, describe la escena en el  huerto de Getsemaní que refleja, con mayor o menos fidelidad, una estructura situacional, no ya de la comunidad, sino del propio Yeshua y de la memoria que de ella guardaron sus más próximos. Acosado por las autoridades judías y romanas, Yeshua siente pavor y angustia y  pide, desesperado, a su Padre,  que lo salve  in extremis sin tener que apurar el cáliz de su fracaso total. Posterga, sin embargo, lo que él quiere  en aras de lo que quiera Dios. Es obvio que Yeshua quería el triunfo de su causa, la instauración del Reino de Dios, y no lo es menos que ahora se apercibe, angustiado, de que, al parecer, Dios no lo quiere así. Esa escisión de voluntades, con sus respectivos proyectos, expresa inequívocamente su fracaso mesiánico de Yeshua. Su condición mesiánica, menos firme en su conciencia que en la de sus seguidores,  queda reducida a pura ilusión. Yeshua se aferra, en vano, a una última esperanza, pues será atormentado y sometido a una muerte afrentosa. De ahí que el evangelista  ponga en su boca, antes de morir, las palabras del Salmo 22, 2:“¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”. Es poco probable que Marcos reproduzca palabras auténticas de Jesús, pero da expresión certera de otra estructura situacional: Yeshua muere abandonado y en plena fuga de los suyos.


La divergencia de voluntades (divina y humana), punto esencial del pasaje, muestra que Yeshua erró al encarnar un determinado papel religioso y tomó dolorosa conciencia de haber asumido una misión imposible, problema arduo para los exégetas de la reagrupada comunidad, pero no para una valoración histórica: era ilusorio pensar que unos cientos –tal vez unos miles- seguidores galileos dirigidos por un improvisado mesías podía vencer al Sanedrín, sus guardias y la guarnición romana. Que la comunidad se reagrupase sólo indica –y no es poca cosa- la fuerte impronta que Yeshua había dejado en ella. Ello no sorprende, históricamente hablando: dos siglos antes el Maestro de Justicia de que hablan los textos del Mar Muerto, murió  a manos de un Sacerdote Malvado y, sin embargo, su comunidad superó el trauma y lo veneró hasta ser aplastada en el curso de la guerra judeo-romana (66 – 70 d.C). También los bautistas prosiguieron su misión tras la muerte de Juan.


El problema teológico más arduo era el de la  actitud de Dios, que Yeshua dejó indefinida en Getsemaní. Se abría ahí un interrogante abismal que urgía resolver. La primera convicción cristiana, superado el trauma inicial, fue que aquella muerte debía tener un sentido profundo. Los judeocristianos lo hallan en los cantos del siervo doliente de Isaías que interpretan como anuncios -¡realizados ocho siglos antes!- del destino de Yeshua y el texto de algunos salmos. Después enriquecen su doctrina salvífica  con la esperanza de la “segunda venida” de Yeshua, transmutado ahora en el  Hijo del Hombre que, según Daniel (7, 13), descendería cabalgando sobre las nubes. El Apóstol de los Gentiles”, corta por lo sano. No quiere saber nada del Cristo según la carne ni de apoyos veterotestamentarios estrictamente judíos: aquel aparente abandono respondía a un misterio, que él conoció por revelación, a una sabiduría de Dios, superior a la de los judíos, que consideraban escándalo la crucifixión de un mesías, y superior a la racionalidad griega, que veía en todo ello un desvarío. El núcleo de aquel misterio combinaba  primitivismo ancestral y sublimación espiritual: Dios, para liberar a la humanidad del pecado, había sacrificado a su propio hijo pagándose a sí mismo el rescate requerido. De ahí, en las antípodas de la historia, extraía sutiles reflexiones sobre la justificación por la fe. Con perspectiva histórica cabe hacerle una modesta objeción: la humanidad “redimida” ha venido cometiendo los mismos errores que la no redimida: guerras y dominaciones de todo tipo en beneficio de los más fuertes.


Lo dijo lacónicamente el teólogo  A. Loisy  “Se esperaba el Reino de Dios y lo que vino fue la Iglesia”. Fracasado en su papel de mesías, Yeshua triunfó a través de su mitificación, pues los mitos no son historia, pero nacen en la historia y, gracias a la fe que los grupos humanos depositan en ellos, hacen historia. La Iglesia aportó, al principio, cierta elevación moral y espíritu de resistencia contra los abusos del poder. Las tradiciones provenientes de la persona y la actitud de Yeshua pesaron, sin duda, en ello. Es probable que éste rompiera ya parcialmente los estrechos moldes del nomismo judío y facilitara así las tendencias universalistas de la diáspora judía, que culminan en Pablo. Pero la Iglesia también aportó un espíritu sectario y rencoroso y, convertida ella misma en poder, asfixió la  razón con su sabiduría superior. De ahí arrancaron el dogmatismo intransigente  y la persecución implacable de los disidentes. ¿Estaba eso en consonancia con el programa de Yeshua? La respuesta –aproximada- exige examinar más a fondo su actitud ante la Ley y desentrañar las implicaciones esenciales de su apuesta por el Reino de Dios.


Bibliografía resumida


Brandon, S. G. F. (1967). Jésus et les Zélotes. París: Flammarion.

Bultmann, Rudolf. (1981). Teología del Nuevo Testamento. Salamanca: Sígueme.

Kautsky, Karl. (1974). Orígenes y fundamentos del cristianismo. Salamanca: Sígueme.

Meier, John P. (1998). Un judío marginal, Estella (Navarra), Ed. Verbo Divino.

Schenke, Ludger. (1990). Die Urgemeinnde. Berlin: Kohlhammer Verlag.

Tabor, James. (2014). La véritable histoire de Jésus. París: Laffont S.A.

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