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El Reino irmandiño de Galicia, 1467-1469, por Carlos Barros




Carlos Barros, historiador, Universidad de Santiago de Compostela – Red Académica Internacional Historia a Debate.


Uno de los trazos más sobresalientes que nos capacita para calificar la gran revuelta irmandiña como una “revolución social”, mental y política, es la constitución extraordinaria de un poder irmandiño propio y prolongado, sostenido por las armas populares, en el Reino medieval de Galicia, desde la primavera de 1467 a la primavera de 1469. En rigor fue el único evento que podemos caracterizar como revolución en la historia de Galicia.1


Identidad de nación


Hoy queremos desarrollar sucintamente la dimensión identitaria de la ruptura irmandiña del orden feudal-vasallático entre 1467 y 1469, y sus consecuencias. Hubo ensayos anteriores que utilizaron, en un ámbito territorial restringido, la herramienta de las hermandades para organizar una revuelta social: principalmente la revuelta de 1431, en el Norte, y la “revolta dos portos” en 1451, en el Sur. El ámbito gallego solamente se alcanzó en 1467, lo que facilitó la indiscutible victoria del mantenimiento del nuevo poder irmandiño durante dos años: no podían venir tropas señoriales de otros lugares de Galicia para ahogar el levantamiento local, en tal o cual señorío, localidad o diócesis.


Pensamos que con la revolución irmandiña culmina el proceso socio-político medieval de formación nacional de Galicia. Los propios protagonistas la describían como un levantamiento de la “gente común de la Santa Hermandad del Reyno de Galicia”. Es por eso que los lindes de la movilización social armada que asaltó y derribó las fortalezas del Reino son los de la nación medieval en el siglo XV: el río Miño polo Sur y el Bierzo -más una parte de la Asturias occidental- por el Este, espacios donde aún hoy se conserva el uso dialectal de la lengua gallega: causa y consecuencia decisivas de la constitución nacional de Galicia en la Edad Media.


En la segunda mitad del siglo XV, los límites políticos del Reino de Galicia son los de la Xunta Xeral da Santa Irmandade 1467-1469. Sucede lo mismo con los límites sociales: el ámbito del Reino de Galicia delimita el territorio sin señores y sin fortalezas que generó la insurrección social y popular, así como el uso preferente del idioma gallego. Los documentos conservados de la Santa Hermandad gallega a los diversos niveles están por lo regular enteramente en gallego, salvo los que tenían como destinatarios los representantes de la Hermandad de Castilla y León, o Enrique IV y su Corte. Era habitual en aquel tiempo que los notarios conocieran también el castellano, si bien preferían el gallego. En las probanzas del Pleito Tabera-Fonseca, ambos arzobispos de origen castellano, los escribanos traducen en tiempo real las 204 declaraciones en gallego de los testigos, por lo que hay muchos galleguismos en las versiones escritas. Habían realizado pues los irmandiños, entre 1467 y 1469, una revolución social gallega y en gallego.


El 21 de febrero de 1467 las pocas hermandades que se formaban en el Reino de Galicia, estaban representadas en la Hermandad de Castilla y León por la hermandad de Zamora, cuyos delegados estaban, la finales de febrero de 1467, en Galicia para estar presentes en la primera reunión de la Xunta Xeral gallega en Melide. Donde comienza la hermandad de Galicia a tomar decisiones soberanas al margen -incluso contradictorias- de la hermandad de la Corona de Castilla, como tomar posesión de todas las fortalezas existentes en Galicia, después derribadas por la iniciativa popular multifocal con el sostén, posterior a Melide, de la Xunta superior de Galicia.


Prueba de esta ruptura por la vía de los hechos del movimiento hermandino, entre Galicia y Castilla-León, es la protesta contra los hermandinos gallegos, el 24 de febrero de 1468, del Conde de Lemos, ante la “Junta General de la Santa Hermandad de los Regnos de Castilla y León”, que por cierto apoyó a Pedro Álvarez Osorio contra las hermandades del Bierzo, integradas por decisión propia en la “Xunta Xeral da Santa Irmandade do Reino de Galicia”, que echará abajo las fortalezas en todo el Reino, el Bierzo incluido, donde precisaron la ayuda de los ejércitos irmandiños de Lugo, además de los comandados por Alonso de Lanzós y Pedro Osorio, para tomar el castillo de Ponferrada y expulsar al Conde de Leemos del Bierzo, es decir, del Reino irmandiño de Galicia.


Reino con poder


La primera Xunta de Galicia de la historia fue la erigida por los irmandiños para gobernar Galicia entre 1467 y 1469. Signo claro de una identidad nacional que se alarga en los siglos modernos, como muestra de la victoria medieval irmandiña. Si bien su continuidad se verá reducida a un órgano consultivo sin poder socio-político propio como tuvo la Xunta Xeral da Santa Irmandade do Reino de Galicia, reunida de forma asamblearia por lo menos cinco veces, entre 1467 y 1469, en Melide, Betanzos, Santiago, Lugo y Ourense.


En ese tiempo revolucionario no había ninguno otro poder político real en el Reino de Galicia. Castilla quedaba muy lejos y tenía en aquel momento dos reyes que peleaban entre sí. Mientras tanto, una tupida red de hermandades cubría las diócesis y parroquias gallegas con sus alcaldes, cuadrilleros, diputados y capitanes, que venían a reemplazar el derribado poder jurisdiccional de los señores laicos, obispos y arzobispo, que andaban escapados o escondidos: sin tierras y sin vasallos, desnudos como vinieron al mundo, como gustaba de decir el clérigo irmandiño de la catedral de Santiago, Roi Vázquez. Sin fortalezas ni ejércitos privados de carácter feudal, que se hubieran podido oponer a la primera Xunta de Galicia, a sus ejércitos y a sus ciudades amuralladas. El Reino real de Galicia reunía en la Xunta Xeral todo el poder de las hermandades locales y diocesanas, del campo y de la ciudad, en una suerte de Estado gallego transitorio con sus competencias plenas, sin rendir cuentas a nadie (“no consintiendo ser mandados, ni regidos por otro sino por sí mismos”), en los campos de la justicia, la hacienda y las fuerzas armadas.


Durante el bienio irmandiño la Xunta de Galicia funcionó, en la práctica, como un poder soberano. Reconociendo la legitimidad del rey Enrique IV de Castilla, frente al reaccionarismo de la nobleza rebelde de Castilla, seguida por gran parte de la nobleza de Galicia, que será derrotada históricamente por la Santa Irmandade en 1467. Tener el mismo enemigo acerca mucho.


Nada retrata mejor la independencia de la Galicia irmandiña que la negativa de la Xunta de Betanzos a no derribar las fortalezas de las casas de Ribadavia y Monterrey de los amigos, Sarmiento y Zúñiga, del rey Enrique. Sería aplicable en este caso la máxima medieval “obedecer pero no cumplir”. En esta convergencia coyuntural entre la hermandad gallega y Enrique IV, que, a punto de perder la Corona, lograba la neutralización de la nobleza que sustentaba en Galicia a la causa del príncipe Alfonso, así como el sostén político del nuevo Reino de Galicia controlado por la Santa Hermandad con su “permiso”. Sustento gallego en la guerra civil castellana que no tuvo carácter militar, en el caso de que les hubiera sido solicitado, lo que dudamos: la “guerra” que había en Galicia era de clases y estamentos.


Los irmandiños utilizaron con mucho provecho las cartas del Rey concediendo permiso para extender la hermandad a Galicia, o dando por buenos el 6 de julio de 1467 los derrocamientos hechos, para legitimar de este modo la sublevación contra las fortalezcas, al tiempo que gritaban en los asaltos “Viva El-Rey” sin saber siquiera, la mayoría de ellos, el nombre del Rey -o Reyes- de Castilla en aquel instante. Se valieron al fin y al cabo de la posición pro-irmandiña pública (pregonaban y leían sus cartas al largo de todo el Reino) de don Enrique, con sus más y sus menos, para erigir, por vez primera en la historia de Galicia, un régimen de autogobierno libre: “en este Reyno se levantó la gran Hermandad de todo el común, no consintiendo ser mandados, ni regidos por otro sino por si mismos”, escribía en 1550 el Licenciado Molina.


Es por ello que la minoría contraria en el pleito Tabera-Fonseca la maldecían llamándola “hermandad loca”. Mientras que los favorables aseguraban, también con razón, sesenta años después, en que habían tenido el permiso del Rey para formar hermandades y derribar fortalezas. Sin mencionar demasiado, claro está, el impago masivo de las rentas feudales durante el bienio irmandiño, parte de los “excesos” de las hermandades gallegas que algunos criticaban desde la Corte de Castilla. Medidas sociales que, igual que masividad de la gran revuelta, eran parte de la independencia de facto con que actuaba el poderoso Reino irmandiño de Galicia: “no consintiendo ser mandados, ni regidos por otro sino por si mismos”.


Otro futuro


¿Qué quedó del revolucionario Reino irmandiño de Galicia cara el futuro? Una Galicia sin caballeros y fortalezas “nidos de malhechores”, con paz, justicia y seguridad, si tomamos como referencia la anarquía nobiliaria, violencia desmedida y sobreexplotación sufrida en el siglo anterior, ahora “garantizada” por el nuevo Estado castellano-aragonés. (A) Una revisión de las rentas jurisdiccionales, por parte de las nuevas instituciones gallegas, que fue dejando los contratos de foro como la principal renta agraria, permitiendo así al acceso a la propiedad del campesinado gallego. (B) Unas instituciones permanentes que reconocen la identidad gallega, aunque no sea en la medida que ésta se manifestó durante el Reino independiente 1467-1469: Gobernador y Capitán General de Reino (el primero fue Fernando de Acuña), Audiencia de Galicia y Xunta de Galicia.


¿Por qué no perduró en mayor grado la revolución socio-política e identitaria irmandiña de 1467? Porque no lo permitía el horizonte histórico. (A) La edad de las revoluciones burguesas que rematarán en Europa con el gobierno de los señores de vasallos, y tendrá en la Revolución francesa de 1789 su mayor referente, será muy posterior, en los tiempos modernos y contemporáneos. (B) La viabilidad de los Estados-nación en formación entre los siglos XV y XVI y aún después, hacía necesario un territorio y una población lo más amplia posible. La Península Ibérica fue en este sentido modélica, engendrando dos Imperios coloniales que hicieron plausible la conversión de los dos Estados modernos, castellano-aragonés y portugués, en Estados absolutos que ahogaron en el primero caso las naciones o nacionalidades sin Estado propio: Galicia, Euskadi y Cataluña. Que preservaron en Galicia su identidad nacional de origen medieval en el seno de una cultura popular de origen histórico irmandiño, durante varios siglos, hasta el Estatuto de Autonomía de 1981, ciertamente por debajo de la autodeterminación irmandiña, pero muy por encima de lo que fue institucionalmente el Reino de Galicia en el Antiguo Régimen.


Notas 




  1. Versión con notas en El Reino irmandiño de Galicia, 1467-1469 1. 2




 

Links:
  1. https://www.researchgate.net/publication/363699667 _El_Reino_irmandino_de_Galicia_1467-1469
  2. #post-4573-footnote-ref-1
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