Soledad Bengoechea, doctora en història contemporània. Membre del Grup de recerca consolidat “Treball, Institucions i Gènere” i de Tot Història Associació cultural.
Dictadura e intentos de Dictadura
El golpe de Estado de Primo de Rivera tuvo lugar en España el 13 de septiembre de 1923 y estuvo encabezado por el entonces capitán general de Cataluña Miguel Primo de Rivera. Tuvo como consecuencia la instauración de una dictadura gracias sobre todo a que el rey Alfonso XIII no se opuso al golpe y nombró al general sublevado jefe del Gobierno al frente de un Directorio militar.
Sobre el triunfo del golpe de Estado de 1923 ha corrido mucha tinta. Se ha dicho que fue atípico por su simplicidad y que, para triunfar, a Primo solo le hizo falta contar con el respaldo de unos pocos militares de prestigio y publicar un manifiesto en la prensa dirigido Al país y al Ejército. Se ha puesto el foco también en la figura del rey Alfonso XIII como último responsable del golpe. Aunque según el historiador israelí Shlomo Ben Ami, «es en Cataluña donde hay que buscar los orígenes inmediatos del golpe de Primo de Rivera. Fue allí donde la burguesía creó la atmósfera histérica que rodeó a Primo de Rivera con la aureola de “salvador” y colocó su rebelión, como hizo notar un observador contemporáneo, en el contexto general de la reacción antibolchevique que había alcanzado también a otros países europeos. Cambó, auténtico representante de la alta burguesía catalana, “el teórico de la dictadura española”, como lo llamó Maurín, expuso crudamente el anhelo y la responsabilidad de su clase por la dictadura: […] “Una sociedad en la cual la avalancha demagógica [sindicalista] pone en grave peligro ideales e intereses se resignará a todo con tal de sentirse amparada…” […] Esto no significa, sin embargo, que hubiera un peligro real de revolución social en vísperas del golpe de Primo de Rivera».
En las páginas que siguen se desarrolla la hipótesis de que dos intentos de golpe de estado, llevados a cabo durante el año 1919 y principios de 1920 por el entonces general de Cataluña, Joaquín Milans del Bosch, fueron los antecesores del golpe de estado de 1923. Cabe preguntarse al respecto, ¿por qué fracasaron? Probablemente porqué eran fechas muy tempranas. Mussolini aún no había protagonizado la Marcha sobre Roma (1922) y en cuatro años en España se sucedieron acontecimientos críticos, provocando que Primo de Rivera contara entonces con el apoyo del rey, de los generales integrantes del “Cuadrilátero” y de las Cámaras de Comercio españolas. Lo que es evidente, es que si Milans del Bosch hubiera triunfado en su intentona golpista de los años 1919 o 1920 que veremos aquí hubiera devenido el primer dictador de derechas de la Europa de entreguerras.
¿Por qué las clases económicamente catalanas tenían ese interés de apostar por el establecimiento de una dictadura militar? Por qué, cómo se desarrollará aquí, la veían como el único recurso para acabar con la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), un sindicato anarcosindicalista revolucionario fundado en Barcelona en 1910. De hecho, había dos medidas que la patronal sospesaba para acabar con este sindicato: la represión y el corporativismo. Hablando de represión: por orden gubernamental el sindicato se había conseguido cerrar, efectivamente, pero, como el ave fénix, al legalizarse volvía a renacer de sus cenizas. Bien, hablando de corporativismo: desde finales de 1918, la patronal pedía al gobierno la sindicación obligatoria, por ramos de industria, para patronos y obreros. Era una medida corporativa con la que se pretendía acabar con la lucha de clases y que nunca llegó a implantarse antes de la dictadura del general Franco con los Sindicatos Verticales. Cabe señalar que los distintos gobiernos de la Restauración nunca la autorizaron. Por ello, si fallaba el tema de la represión y el del corporativismo una dictadura militar se veía como la alternativa más idónea para poner fin al sindicato confederal.
Este escrito se dividirá en tres apartados. El primero tratará sobre aquello que desde las clases económicamente dominantes se vivió como una Revolución: la huelga de la Canadiense, de la general que le siguió y de la actitud del capitán general de Cataluña, Joaquín Milans el Bosch; el segundo versará sobre la serie de elementos contrarrevolucionarios que aparecieron en Barcelona con motivo de los conflictos anteriores y, por último, el tercero se referirá a la huelga patronal de Barcelona de 1919/1920, que significó la última respuesta contrarrevolucionaria que la patronal opuso a aquello que había percibido como una revolución: los 44 días de huelga en Barcelona.
La huelga de La Canadiense
Quizás ahora sea el momento adecuado para hablar someramente del contexto internacional que fue inseparable de los acontecimientos que tuvieron lugar en Barcelona durante aquel 1919. En medio de la inmensa carnicería que significó la Primera Guerra Mundial que se desarrolló entre los años 1914 al 1918, se produjo en Rusia la revolución bolchevique de 1917, cuyo impacto generó en las clases propietarias y en amplios sectores de las clases medias la percepción de una amenaza vital para sus intereses, valores y formas de vida. Aunque hay que aclarar que los procesos históricos de fondo no responden a cuestiones estrictamente coyunturales, no estaban del todo equivocadas. Un año después, en Alemania se inició una revolución que quedó frustrada. En algunas ciudades de ese país, desde principios de noviembre de 1918, grupos independentistas proclamaban repúblicas (en Baviera, en Dresde, en Bremen). Y en enero de 1919 se produjo el levantamiento de la Lliga Espartaquista, de carácter revolucionario. Su destino se decidió en una semana decisiva, la del 5 al 12 de enero. A pesar del asesinato de los dos líderes espartaquistas alemanes, Rosa Luxemburg y Karl Liebkecht, a lo largo de aquel 1919 hubo una gran cantidad de huelgas en diferentes sectores de Alemania. Luchas contras las cuales el gobierno de la burguesía no dudó en enviar a las tropas. En cuanto a Italia, a este período se le conoce como El Biennio Rosso (el bieno rojo). Sobre todo en Italia central y septentrional se produjeron protestas rurales, disturbios por conseguir alimentos, manifestaciones de trabajadores, ocupación de tierras y fábricas, con intentos de autogestión. Aquel mismo año, el 21 de marzo, en Hungría se proclamó la república soviética. Su principal figura fue el comunista Béla Kun. Y en España, la mitad sur de la península también estuvo muy afectada por huelgas y motines. No en vano, al período comprendido entre 1918 a 1920 se le conoce en ese país como el Trienio Bolchevique.
Coincidiendo, o como momento destacado de la situación del conflicto descrito, el 5 de febrero de 1919 comenzó en Barcelona una huelga que ha pasado a la historia con el nombre de la huelga de La Canadiense. La empresa eléctrica conocida popularmente como La Canadiense era Riegos y Fuerzas del Ebro, establecida en Barcelona, filial de la Barcelona Traction Light and Power Company Limited de Toronto. Había sido impulsada por el ingeniero canadiense Fred S. Pearson, con lo cual creó y desarrolló la primera red eléctrica de producción y distribución de energía eléctrica en Cataluña. Esta huelga, provocada por los anarcosindicalistas, por su duración, desarrollo y desenlace, tuvo una importancia crucial que marcó un hito en la práctica de la organización, movilización y actuación de la patronal catalana. Durante el invierno y la primavera de 1919, este paro, y la huelga general que le siguió (24 de marzo-siete de abril), atenazaron la vida de Barcelona por espacio de cuarenta y cuatro días, abriendo paso a un período de lucha de clases al que prácticamente solo pondría fin el advenimiento de la Dictadura de Primo de Rivera en 1923. La gravedad extrema que estas huelgas tomaron desde el principio radicó en el hecho de que su punto de partida estuviese en el «trust» que agrupaba las fuerzas de energía eléctrica de la zona barcelonesa, afectando al conjunto de actividades de todo orden, como gas, agua y electricidad. En un corto espacio de tiempo, la vida de Barcelona quedó paralizada.
Los inicios del conflicto de la huelga de La Canadiense, galvanizados por la CNT, comenzaron durante el mes de septiembre de 1918 en las obras del pantano de Camarasa, en la provincia de Lleida. Los propietarios del pantano, de capital británico y canadiense, eran los mismos que los de la Compañía Riegos y Fuerzas del Ebro. A la ciudad condal llegaron aires de revuelta. Entonces, en solidaridad con sus compañeros huelguistas, el 8 de febrero de 1919 los obreros de esta empresa empezaron una huelga en Barcelona y, poco a poco, el conflicto se fue generalizando a los ramos del gas, de electricidad y de otros tipos de industrias. Las reivindicaciones eran las tradicionales: aumento salarial, jornada de ocho horas, readmisión de los despedidos y libertad para los detenidos. Se ha de decir que las jornadas laborales solían ser extenuantes.
Pero, además de estas peticiones, entre algunos grupos anarcosindicalistas más radicales, excitados por los conatos revolucionaros que se prodigaban en el panorama europeo, aquella huelga fue la excusa para lanzar una ofensiva en toda regla contra el estado de cosas reinante. Y así fue percibida por las clases dominantes. De hecho, la ciudad condal comenzó a vivir unos momentos de verdadera angustia. Caminar por las calles si se tenía aspecto de obrero era toda una odisea porque, a causa del gran número de registros, comportaba exponerse a levantar los brazos constantemente. Al caer la noche del día 20, Barcelona quedaba totalmente en la oscuridad y el silencio era tan denso que casi era tangible. Fue la noche más negra de todas. Entonces, a petición de los directivos de La Canadiense, el Estado se hizo cargo de la compañía. Con paso firme, el 21 de febrero las tropas ocuparon las plantas eléctricas, que volvieron a iluminar la ciudad. Cuando se amenazó a los obreros con el despido si se negaban a volver al trabajo, el Sindicato de Artes Gráficas cenetista impuso una «censura roja» en todos los diarios barceloneses; durante siete días la prensa de la ciudad enmudeció, y la resistencia a reincorporarse al trabajo fue masiva; entonces empezaron las detenciones.
El capitán general, Milans del Bosch, y el estado de guerra
Desde que los conflictos se propagaron por Barcelona, presionado por los empresarios, Milans solicitó una y otra vez al liberal conde de Romanones, jefe del gobierno, autorización para declarar el estado de guerra. Las repuestas fueron negativas. Ello puso de manifestó como Milans se revelaba como el lacayo de la patronal. Y confirmó al militar en su particular convencimiento: la existencia de un divorcio entre la vida política oficial y la realidad social barcelonesa. De hecho, muchos políticos temían que los acontecimientos catalanes se trasladasen a otras zonas de España, ya bastante exaltadas. Recordemos que, como se ha dicho, a aquel período se le conoce como el Trienio Bolchevique. Por tanto, no se quería dejar la ciudad condal en manos de Milans, que ya había dejado claro cuál era su talante cuando estuvo en Melilla y las Filipinas. Paralelamente, desde el gobierno también se temía una insubordinación de la guarnición barcelonesa, cuyos ánimos estaban sumamente inflamados. Finalmente, aquel 13 de marzo de 1919, Romanones aceptó la petición de Milans de militarizar a todos los empleados de La Canadiense y le autorizó a instaurar el estado de guerra. El militar se sentía fortalecido ante la perspectiva de este triunfo personal.
Inmediatamente, estas noticias causaron tensiones entre el poder civil y el militar. Al día siguiente, dimitió el gobernador civil, González Rothwos, y el jefe de policía, Martorell. Romanones y el propio ministro de la guerra colocaron de gobernador civil al ingeniero industrial Carlos E. Montañés, un hombre de sentido común, y, como jefe de policía, a Gerardo Doval, un militar y político gallego a punto de cumplir cincuenta y seis años de edad, más liberal que su antecesor en el cargo. Ambos querían iniciar conversaciones con los anarcosindicalistas. A continuación, el gobierno envió a la ciudad condal al subsecretario de la presidencia del gobierno, al abogado y político valenciano José Morote, que llegaba con la consigna de pacificar las dos partes en pugna, patronal y obrera. Morote consiguió concertar conversaciones entre los gerentes de empresas afectados por la huelga y el comité de huelga. Como resultado, el día 17 se firmaba un acuerdo: todos los huelguistas quedarían admitidos sin sanciones, se elevarían los salarios, se impondría la jornada de ocho horas y se pagaría a los huelguistas los días que habían estado en huelga. Según este acuerdo, la victoria de los sindicatos era completa.
Tres días después, Salvador Seguí se presentó en la plaza de toros de Las Arenas. Ante su presencia se hizo un instante de silencio absoluto. Después, a pesar de padecer una fuerte afonía, pronunció un mitin histórico, consiguiendo que los obreros allí reunidos –alrededor de veinticinco mil- aceptasen dar por finalizada la huelga; parecía, pues, que la normalidad volvía a Barcelona. Pero la calma era irreal: el acuerdo no llegó a cumplirse. Milans, que tenía el apoyo de una buena parte del empresariado en general, no estaba dispuesto a ceder y no liberó a los detenidos. Como puede observarse en una carpeta depositada en el archivo Romanones de Madrid, cuyo nombre es “Huelga de la Canadiense”, el militar había visto en aquel conflicto la posibilidad de poner en práctica algo que desde tiempo atrás le obsesionaba: llevar adelante medidas represivas de tal índole que su dureza llegaría a provocar una huelga general revolucionaria. De hecho, esperaba ansioso esta acción que le permitiría llevar a cabo una represión tal que desarticularía el anarcosindicalismo.
La Huelga General, Milans y primer intento de golpe de estado
El incumplimiento de Milans enardeció a los obreros consiguiendo de tal manera que el 24 de marzo, un radiante día que apuntaba que la primavera sería dulce, se iniciase de nuevo una huelga, ahora general. Entonces se cerraron fábricas, tiendas, talleres, almacenes e incluso los bancos. Hacia el atardecer, las calles de Barcelona volvían a estar oscuras. La oscuridad, ciertamente, invitaba al sueño, pero muchos barceloneses no dormían. Los líderes de la CNT permanecían en vela. ¡Vendrán a por nosotros!, se decían. Y, con voz queda, planeaban las pautas que seguirían los días siguientes. Mientras, las “fuerzas vivas” de la ciudad comenzaban de nuevo a movilizarse. Por una parte, desde la Cámara de Industria, un prohombre barcelonés, Lluís Ferrer-Vidal, pedía al gobierno una medida corporativa: la sindicación obligatoria y única por ramos de industria y una especie de gremialismo moderno, como única vía para acabar con la CNT; pero la ley de Asociaciones de 1887 impedía implantar esta medida. Por otro lado, desconfiando de que aquellas decisiones tomasen forma, la patronal hizo piña alrededor de Milans. Y, así, el acuerdo que Morote consiguió que fuese aprobado por ambas partes, concertar conversaciones entre los gerentes de empresas afectados por el paro y el comité de huelga, se esfumó sin que pudiera ponerse en práctica.
Se podría subrayar aquí que, como se ha ido viendo, en Barcelona, como mínimo, no solo se movilizaron y armaron las clases medias, sino que la gran burguesía estaba apoyando todo el proceso. Entre todos estaban consiguiendo convertir a la “rosa de fuego” en un verdadero caos.
Mientras, al conocer la noticia de que había surgido otro conflicto, que se auguraba más grave aún, Milans se encontró con las manos atadas. Pero no lo pensó dos veces, considerando que era el destino el que le conducía, se quitó la máscara, se invistió de una total autoridad y se atrevió a declarar un segundo estado de guerra en Cataluña (IV región militar) sin haber consensuado nada con el gobierno. Entonces quedó claro quién mandaba en Barcelona. El caso es que un alarmado Romanones, un hombre de infinitas cautelas, se vio impotente. Por dos cuestiones: porqué temía el peligro que entrañaba un paro general que se extendiera a toda España y porqué estaba sobrecogido ante el peligro de un golpe de Estado por parte de Milans. Por todo ello apoyó que éste declarase dicho estado de guerra, otorgando al capitán general, Milans, una total libertad de acción, a la vez que mandaba suspender las garantías constitucionales en toda España. Para el capitán general había llegado su hora de gloria:
«Enterado de sus telegramas y de las declaraciones del estado de guerra, como éste es justificado tiene usted libertad completa para proceder con todo rigor y energía; una vez presentada la batalla hay que darla enérgicamente teniendo nosotros la satisfacción de no haberla provocado. Mañana se dará el Decreto suspendiendo las garantías de toda España».
El primer día que estalló el nuevo conflicto, los despachos de Gobernación Civil y de Capitanía fueron escenario de diversas reuniones. Cuando la noche cayó, los reunidos habían llegado a un consentimiento: todas las autoridades civiles, religiosas, militares, eclesiásticas, los representantes de las corporaciones económicas, de partidos políticos y ex ministros se pondrían bajo el poder castrense, es decir, bajo la tutela del capitán general. Enardecido por las muestras de confianza de que era objeto, y aprovechando que se estaba en estado de guerra, Milans se hizo el amo de la situación, ordenó que Barcelona fuera ocupada militarmente y pasó a dividirla por sectores, que quedaron al mando de generales y coroneles. A partir de ahora, los soldados circularían por las calles registrando a los escasos transeúntes vestidos de obreros que se atrevían a transitarlas y los cañones y los efectivos de la Cruz Roja pasaron a ocupar una buena parte de la plaza de Cataluña, donde la tropa había montado una especie de campamento. Aquella noche, de lluvia y viento, nadie dormía en Barcelona. Al día siguiente, llegaron a la ciudad unas cuantas unidades de caballería que se distribuyeron por la ciudad y pueblos limítrofes. Además, el torpedero Osado y el acorazado España arribaron al puerto. La burguesía barcelonesa, agradecida, entregaba donativos al ejército. Lo que parecía insólito ocurrió: aquel mismo día, en Capitanía se recibían 65.000 pesetas, destinadas a los soldados que habían intervenido en la huelga.
En aquella situación de huelga general y de represión total, Milans jugaba en todos los frentes y prometió todo su apoyo al comité ejecutivo de una Federación Patronal liderada por los constructores que se daba a conocer en Barcelona. Envalentonada, esta organización anunciaba a la Cámara de Industria que una gran cantidad de asociaciones patronales ya estaban integradas en su seno. En definitiva, la Federación Patronal informaba a Milans de que ya formaba una potente organización. Como respuesta, el militar facturó a Madrid no solo a Montañés, sino también a Doval. Como lo ponen de manifiesto unas cartas depositadas en el Archivo de la Fundación Antonio Maura, es evidente que la actuación de Milans y sus continuas bravatas sobre una posible insubordinación de la guarnición barcelonesa fueron, en definitiva, un intento de golpe de estado que, orquestado por el propio Milans y la Federación Patronal, sirvió de ensayo para los que se llevarían adelante más adelante. A menos así lo percibió el gobierno, que de inmediato presentó la dimisión al rey. Por el contrario, la actitud de Milans fue muy bien recibida en medios patronales catalanes. De haber triunfado aquel intento de golpe de Estado, España se hubiera convertido en la primera dictadura de derechas posterior a la Primera Guerra Mundial. Cabe preguntarse, ¿qué tipo de dictadura hubiera sido aquella?
A continuación, la Federación Patronal enviaba otra nota, que previamente había estado aprobada por Milans, ahora a la Cámara de Comercio, donde dejaba constancia de su posición:
«Que se reanuden los trabajos una vez se hayan empezado todos los que estaban boicoteados antes del planteamiento de la huelga general que son los siguientes: Gas, electricidad, ramos de construcción, tranvías, acarreos, agencias de transporte, navegación, periódicos y ramo textil. Barcelona, 29 de marzo de 1919. Este acuerdo ha sido aceptado por el Excmo. Sr. Capitán General de esta Región.»
La misiva de la Federación era claramente una proclamación de fuerza: ordenaba que todos, patronos y obreros, volviesen a la normalidad laboral cuando esta organización patronal claramente de combate así lo decidiese. Con ello, la Federación se avanzaba a cualquier decisión que el Fomento del Trabajo Nacional o el resto de corporaciones pensaran seguir. A partir de ese momento, el papel de la mencionada Federación se afirmaba con fuerza, llevaría la iniciativa en el terreno de actuación social, intentaría hacerse la portavoz de toda la patronal y su actuación estaría en total acuerdo con las posiciones adoptadas por Milans. Y, cabe preguntarse, ¿cómo es que el capitán general apoyaba a las organizaciones patronales?, ¿A qué situación se había llegado en Barcelona? Y, sobre todo, se impone la pregunta, ¿que era esa organización patronal, la Federación Patronal de Barcelona?






