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El Proyecto teocrático de Jesús y el de Jomeinini (2). Origen social y convicciones básicas de Jesús y Jomeini

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Retrat del segle III al sostre de les catacumbes de Sant Calixt a Roma, representant Jesús de Natzaret com el Bon Pastor.

 

Anselmo Sanjuán, Catedrático de filosofía IES i Traductor del alemán.

Este artículo es el segundo de una serie de tres, artículo anterior.

La percepción del mundo como lugar donde los espíritus malignos acechan y enferman a los hombres aproxima a Jesús a la mentalidad del pueblo más ignorante y necesitado de ayuda y explica en gran parte el atractivo que éste sentía por él. Él y los suyos creían, p.ej., que los demonios podían salir de las personas y entrar en el cuerpo de los animales y la ficticia narración marquiana del “endemoniado de Gerasa” (Mc 5,1-20) refleja fiablemente creencias demonológicas populares. Hasta el discípulo principal, Pedro, sucumbe al poder del demonio (Mc 8,33: vade retro, Satanás) y, en Jn 6, 70, el propio Jesús reconoce haber elegido entre los doce a uno “que es un demonio”. ¿Por error o por cálculo? El ductus teológico de los evangelios quiere que pensemos lo segundo, pero seguramente fue un error fatal que denota, por parte de Jesús, poco tino para escoger a sus más allegados. Pablo eleva el nivel teológico de la demonología: en algunas de sus cartas se habla “arcontes” o “potestades” malignas actuantes a través de los “príncipes de este mundo”, a los que hubo que ocultar el plan salvífico de Dios, pues “de haberlo conocido no hubieran sacrificado el Señor de la Gloria”. (1 Co, 2, 7-8). Dicho en plata: si el Sanedrín y Pilatos hubieran conocido el sentido profundo de la muerte de Cristo ¡le habrían indultado para desbaratar aquel plan!

Jomeini, por su parte, declaró más de una vez que en su época no había disminuido, sino aumentado el número de los demonios. Ahora bien, él identificaba los poderes demoníacos con las personas y estados actuantes en la política nacional tal y como eran, de modo tal demonización no enturbiaba su percepción: los USA no estaban poseídos por el demonio; eran el “Gran Demonio”. La URSS, el “Demonio Menor”, también era evaluado con objetividad, sopesando sus bazas y sus flancos vulnerables. Sabía, p. ej., que los comunistas eran una fuerza de la que no podía prescindir para derrotar al Schah y, por pura táctica, cargó las tintas sobre la malignidad de los USA, el enemigo capital. Su, lucha, enfatizó, se centraba en impedir la occidentalización del país uniendo a todas las fuerzas antiimperialistas, lo cual sonaba bien a los oídos del Tudeh, el partido comunista iraní y principal fuerza sindical.

Tampoco cabe despreciar el elemento escatológico común a cristianos y chiitas. Fracasada la instauración inmediata del reino, los cristianos esperaron el pronto retorno del resucitado, la parusía, y, fracasada ésta, postergaron el regreso de Jesús, supuestamente vivo y sentado a la diestra del Padre, al fin de los tiempos. La fe chiita incluye una esperanza paralela que une los histórico y lo fantástico: el hijo del undécimo imán tuvo que ser ocultado para salvarlo de los sunnitas y tras ser arrebatado a los cielos se comunicó durante unos ochenta años con la comunidad a través de unos diputados que recogían sus mensajes. Después vino la “gran ocultación”, que acabará “al fin de los tiempos”, cuando regrese a la tierra -¡junto a “Jesús hijo de María”!- para renovar el islam e imponer la voluntad de Dios, pues él es el mahdi, “el Bien Guiado”. Emergerá, se cree popularmente, de un pozo del recinto de una mezquita de Qom, creencia que convirtió esta ciudad en un gran centro de peregrinaje. La conexión Qom y Jomeini es clave para entender el ascenso político-religioso de éste último.

Resumiendo: la visión dualista de Jesús distorsionó su percepción de la realidad y sus dotes de exorcista y curandero le llevaron a sobrestimarse como instrumento de Dios. No percibió, en cambio, el peligro de que el “demonio” Judas (probablemente a sueldo del Sanedrín o Pilatos) se infiltrase en su entorno, error que el pagano Celso (siglo II d.C.) adujo en su Discurso Verdadero como prueba de que su perspicacia psicológica era inferior a la de cualquier jefe de forajidos. Jomeini, más ducho en la lucha contra los poderes enemigos y menos ingenuo, supo cohonestar aquella convicción dualista con el realismo a la hora de sopesar los factores operantes sobre el terreno. Diríamos, parodiando a Brecht, que el ayatolá sabía “que Dios está siempre del lado de los batallones más fuertes” y sólo se lanzó a la batalla final cuando estimó que los suyos podían, aunque fuera pagando un alto precio, desbaratar los del adversario. Todo indica que, en los momentos de mayor peligro, el profeta -después mesías- nacido en Nazareth no se atenía suficientemente a su sentencia de ser “sencillo como la paloma y astuto como la serpiente”. Era demasiado sincero y vehemente para ello y confiaba demasiado en el favor de “su Padre”. Jomeini, en cambio practicó en casos de máximo apuro la taqqiya, la ocultación de pensamiento y motivos, disimulo religiosamente permitido para salvar la propia vida y la de los otros; también para salir adelante en trances que ponen en peligro la causa de Dios. Ese proceder arraigó en el chiismo durante los largos años de la persecución a que fue sometido por parte islam mayoritario, el sunnita.

A veces se menciona esta sentencia de Jesús como muestra de su visión realista del mundo: “Nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte: entonces podrá saquear su casa” (Mc 3, 27). Pero, ¿apuntan esas palabras a conflictos de índole política? El contexto nos dice algo muy distinto: quiere argumentar ante sus adversarios que el poder del espíritu que obra en él es más fuerte que el poseen los demonios y es por ello capaz de expulsarlos. También la sentencia de Lucas 14, 31, cuadraría, en principio, con un Jesús realista y prudente: “¿Qué rey, que sale a enfrentarse con otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedirle condiciones de paz.”. Ahora bien -cabe preguntarse- ¿por qué no usó él de esa prudencia en Jerusalén? Respuesta teológica: porque fue a sacrificarse por la humanidad. Respuesta histórica: porque religiosamente ofuscado y puede que presa de representaciones mentales cuasidelirantes creyó en la intervención extraordinaria de “su Padre”.

Dejando aparte su autoconciencia y la influencia que dejara en ella su formación religiosa, fuese o no autodidacta, y atendiendo al dato más objetivo del origen familiar, ¿ostentaba Jesús algún título o alguna distinción de relevancia social que le indujese a perseguir un objetivo de alcance nacional? Es muy improbable que, nacido en Nazaret, pueblo de la muy provinciana Galilea, descendiera del rey David. Cierto que Pablo afirma de él en Ro 1, 3: “Nacido del linaje de David, según la carne…”, pero ese texto está sujeto a muchas objeciones. Los teólogos tradicionales no pueden aceptarlo en su literalidad, pues “su” Cristo no puede ser simultáneamente descendiente biológico de David y concebido por la acción del Espíritu Santo y aunque las genealogías de Mateo y Lucas traten de “documentar” aquella ilustre descendencia, son entre sí contradictorias e intentan, por separado, conciliar torpemente datos muy dispares. Todo indica que se trata de documentos fabricados ad hoc: la de Lucas, p. ej., sortea unos cuantos reyes davídicos que, según el Libro de los Reyes, “no obraron bien a los ojos de Dios”. También las narraciones relativas a su nacimiento en Belén, pueblo natal de David, se excluyen mutuamente y están plagadas de inexactitudes históricas. Su objetivo: aproximar de manera forzada la figura de Jesús a la del famoso rey.

Se ha especulado sobre si en Nazaret se hubiesen podido asentar tras la vuelta del exilio babilónico, alguna familia descendiente de David, lo cual prestaría credibilidad histórica a la mencionada afirmación de Pablo, pero éste parece repetir aquí, como en otros lugares, “lo que él ha recibido” de la tradición comunitaria, para la que el mesías, del modo que fuere, tenía que ser davídico. El Apóstol de las Gentes reconoce (1 Co 2,2) que nunca se interesó por el Jesús vivo y sí por el “Jesucristo crucificado”: su teología tiene como eje central la interpretación de su crucifixión escandalosa. La conclusión más segura es, pues, que el origen social de Jesús debió ser muy modesto: cuando, (Jn 1, 46), los primeros discípulos tratan de atraer cierto Natanael a la secta, éste dice escéptico: “De Nazaret puede venir algo bueno?”

Modesto o no, ¿pueden la historia y la ciencia moderna aportar alguna claridad sobre aquel origen? El descubrimiento, en 2002, de un osario del siglo primero d.C., con la inscripción “Santiago, hijo de José, hermano de Jesús”, causó sensación. Los evangelios hablan, efectivamente, de “hermanas” y de cuatro hermanos, mencionando en primer lugar a Santiago. Por otra parte, sólo Lucas y Mateo afirman que era hijo de José. Ahora bien aunque hay unanimidad entre los expertos sobre la época del citado osario, persisten dudas sobre si toda la inscripción es auténtica. El asunto se volvió aún más controvertido cuando cerca de ese osario se hallaron otros que contienen nombres coincidentes con los de los familiares mencionados de Jesús, sin que tal coincidencia permita extraer conclusiones: María, José, Jacobo, Simón, etc, eran entonces los nombres más usados en Israel y, por otra parte, no ha podido realizarse ninguna comparación de los respectivos ADN.

El tema de la filiación biológica del mesías cristiano había ocupado ya a los investigadores cuando en el siglo XIX se descubrió en Bingerbrück (Alemania) una necrópolis romana con los restos de muchos soldados, que no fueron, lamentablemente, debidamente guardados, sino enterrados después en lugar desconocido. Llamó luego la atención la lápida de uno de ellos que muestra su cuerpo en relieve (seguramente era un oficial) e informaba en latín de que se trataba del arquero sirio-romano Tiberius Julius Abdes Pantera, quien, antes de ser desplazado a Germania, había servido en Palestina por los años en que nació Cristo. En principio, tal lápida no tenía nada de sorprendente. La sorpesa estalló cuando los eruditos recordaron que el ya citado filósofo Celso había escrito en su Discurso verdadero que un judío la había notificado que Jesús era hijo bastardo de un soldado romano llamado Pantera y que su madre había sido repudiada por su esposo. El libro mencionado no se conserva, pero sí muchos párrafos del mismo recogidos en la apología Contra Celso del teólogo cristiano Orígenes. ¿Podría ser Abdes Pantera el padre biológico de Jesús?

El evangelio más antiguo, el de Marcos, no menciona a José y llama a Jesús “el hijo de María”, algo inusual entre judíos, que siempre identifica a un hijo por su procedencia paterna aunque el padre hubiera muerto. Lucas, por su parte, se refiere así a José: “(Jesús) era, según se creía, hijo de José, hijo de Heli, hijo de Mattat…” Parece como si José fuera meramente el padre putativo del futuro cristo. ¿Era éste hijo ilegítimo de María? La cuestión, no resuelta, sigue en pie. Según Mateo, es José quien descubre alarmado el embarazo de María y debe ser disuadido por un ángel de proceder a su repudio. Resulta sorprendente la falta de delicadeza del Espíritu Santo, que deja que las cosas lleguen tan lejos sin avisar previamente a ambos padres, con lo que expone a María a la maledicencia pública. Lucas salva el honor de ésta: en su versión del prodigio, un ángel más delicado la instruye sobre el elevado origen de su próximo embarazo.

Al desplegar la genealogía Jesús Mateo incluye en ella a cuatro mujeres “pecadoras”, inclusión sorprendente, pues las mujeres no cuentan a la hora de mostrar que Jesús descendía de David. Lectura posible e incluso probable: Mateo previene a los lectores de que ya en el pasado Dios “escribía derecho con renglones torcidos”, obteniendo grandes logros a través de personas afectadas por una grave mácula, por lo que nadie debe escandalizarse de que el propio Jesús tenga un origen maculado. Si no entendemos literalmente la gravidez divina de María, el mensaje evangélico sería éste: lo concebido en ella fue, por encima de toda consideración -o desconsideración- humana, obra de Dios.

Tras la muerte de Herodes el Grande, cuando María era muy joven, las legiones romanas de Varo, el legado de Siria, reprimieron con dureza una revuelta judía y estragaron especialmente la región de Séforis, a la que pertenecía Nazaret. En esta ciudad había, por otra parte, una guarnición romana permanente. ¿Tuvo María alguna relación extramatrimonial con algún soldado romano? ¿Fue, tal vez, violada durante la represión de la revuelta? El hallazgo de Bingerbrück no zanja la cuestión, pues entretanto se sabe que fueron bastantes los soldados portadores del sobrenombre Pantera (Panthera, en griego): el estandarte de algunas cohortes tenían la imagen de una fiera y sus veteranos pudieron adoptar su nombre como apodo habitual. Imposible zanjar la importante cuestión, ya que, por añadidura, no es posible comparar el ADN de los restos, nada seguros, de la tumba de “Santiago hijo de José..” con los restos de Abdés Pantera, que, mezclados con otros, se se perdieron en algún campo alemán.

Celso apuntaba a un trasfondo judío en su mención de “Jesús, hijo de Pantera”. En la tosefta judía, complemento del talmud, se menciona efectivamente a un discípulo de “Jesús hijo de Panthera”, que, hacia el 100 d.C., curó de una mordedura de serpiente a un rabino (curar en el nombre de Jesús está claramente insinuado en los evangelios) y habría expuesto ante otro una enseñanza cristiana escuchada con agrado. Ambos rabinos fueron duramente censurados por sus colegas de más autoridad: el mutuo rechazo entre judíos y cristianos no admitía entonces compromisos. Lo curioso es que el apelativo “hijo de Panthera” parece ya neutralizado en el ámbito judío como si nada turbio le afectase, mientras que diversos escritores cristianos, que se hacen eco de esa filiación comprometedora, la refutan vehementemente como calumniosa para quien era, simultáneamente, hijo de Dios y de una virgen. Hoy, sabiendo que el apelativo Panthera era relativamente usual entre soldados, ya no se considera válida la objeción era cristiana de éste era una deformación maligna del Talmud: los rabinos habrían convertido “hijo de la virgen (parthenos, en griego) en “hijo de Panthera”.

Khomeini, 1938. Wikipedia.

Los orígenes de Jomeini son, en comparados con los de Jesús, bastante más ilustres. De un bisabuelo se sabe que era muy respetado como sayyid, es decir, descendiente del Profeta, honor heredado por bisnieto que, gracias a ello, podía ir tocado con un turbante negro que le granjeaba reconocimiento social y prestaba a su figura un halo carismático ante los demás ayatolás y, sobre todo, ante la comunidad chiita. Su padre fue asesinado en circunstancias nada claras cuando él tenía meses de vida, pero, al contrario que Jesús de Nazaret, Jomeini tuvo una relación intensa con su familia, que lo apoyó y promocionó en todo momento. Su hermano mayor, una tía y otros parientes más lejanos procuraron que, ya en su infancia y más aún en su adolescencia, adquiriera una sólida base cultural, tanto en las asignaturas religiosas como en la profanas, la matemática, la física, la geografía y la literatura persa. Creció, pues, en armonía con los valores y las fuerzas predominantes en su sociedad, pero en oposición, eso sí a la creciente ola de occidentalización del Irán encabezada por la corte y minorías urbanas ilustradas.

Todo apunta a que Jesús, un hombre de pueblo, suscitó cierto escándalo cuando habló habló en algunas sinagogas provincianas. La sinagoga, estructura religiosa surgida entre los siglos III y II a.C. era obra de laicos cultos, y expandía el conocimiento de la ley entre el pueblo llano, por o que arraigó fuertemente en él y competía ventajosamente con el sistema sacerdotal del templo, pues pronto surgieron sinagogas incluso en lo pueblos pequeños de modo que la visión farisea de la ley y de la piedad se hizo predominante entre la gente modesta no proletaria o marginal. El maestro fariseo vivía de su trabajo, no como el sacerdote, que vivía de los diezmos y otros tributos y ello lo hacía muy popular como consejero próximo y accesible en cuestiones religiosas. Los fariseos rivalizaban con Jesús en la interpretación de algunos puntos de la torá y consideraban excesivas las pretensiones de su magisterio, pero no lo rechazaban de pleno. La poderosa organización sacerdotal, en cambio, con sus 24 secciones y 144 familias sacerdotales distribuidas por el país (diecisiete mil sacerdotes en total) que se turnaban en el servicio del templo a lo largo del año, tenía que ver en él a un sectario peligroso, tanto más, cuanto que el sumo sacerdote tenía gran responsabilidad política como auxiliar imprescindible, aunque subalterno, del prefecto. El odio a los fariseos que rezuma el N.T. no proviene de la época de Jesús, sino de la que siguió a la derrota nacional judía el 70 d. C. cuando, destruido el templo, se esfumó el poder sacerdotal y aquellos, convertido en dirigentes de Israel, desarrollaron una ortodoxia menos permisiva en la interpretación de la torá. Los cristianos, declarados minim (jerejes), fueron expulsados de la sinagoga, para mantener la paz interna y la unidad doctrinal. De las pocas alusiones a los cristianos que figuran el Talmud, destacan las que los acusan de descarriar a Israel y de haber convertido en Dios a su maestro.

Bibliografía escogida

Tabor, James, La veritable histoire de Jésus, Ed. Robert Lafont, París 2007

Lüdemann, Gerd, Jesus nach 2000 Jahren, Klampen Verlag, Lüneburg, 2000

Meier, J. P., Un judío marginal, Ed. Verbo Divino, Estella, 1999

Bultmann, Rudolf, Teología del N.T., Ed Sígueme, Salamanca, 1981

Armanian, Nazanin y Zein, Martha, Irán, la revolución constante, Edcns Flor de Viento, Barcelona 2012

Kinzer, Stephen, Todos los hombres del Sha. Ed. Debate, Bacelona, 2003