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Barcelona 1919, tiempo de revolución y contrarrevolución (2). La contrarrevolución en consonancia con el espíritu del tiempo

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Sometent de Sant Cugat als claustres del Monestir (Foto: www.nodo50.org – José Fernando Mota.

 

Soledad Bengoechea, doctora en història contemporània. Membre del Grup de recerca consolidat “Treball, Institucions i Gènere” i de Tot Història Associació cultural.

La Federación Patronal de Barcelona: una organización de combate

Cuando estalló la huelga de La Canadiense, entre la patronal catalana cundió la alarma. Aún estaban recientes en el recuerdo las huelgas de años anteriores, aunque ninguna como estas de 1919. Y solo hacía dos años que se había producido la Revolución en Rusia y menos tiempo aún de los sucesos de Alemania. En Barcelona, entonces, las clases económicamente dominantes cerraron filas y ante un panorama revolucionario se dispusieron a responder con diferentes mecanismos contrarrevolucionarios.

En el sector de la patronal de la construcción barcelonés se produjo un hecho que tendría una importancia crucial en toda Cataluña: una Federación Patronal de los Ramos de la Construcción que había ido funcionando durante los años anteriores se legalizaba ahora de nuevo, tomando el nombre de Federación Patronal de Barcelona. Tradicionalmente liderada por industriales de la construcción, reformaba una vez más sus estatutos y aprobaba un nuevo reglamento. Ante una ciudad en peligro de paralización total, esta unión patronal en torno a una organización de resistencia, estructurada como la CNT por ramos de producción, se percibía como un elemento decisivo para dar soporte a la acción del capitán general Milans del Bosch. Así, en calidad de secretario interino de la Federación Patronal, Josep Pallejà exponía lo siguiente:

«Acta de constitución de la Federación Patronal de Barcelona. En la ciudad de Barcelona, en el día 12 de marzo de 1919 y en el domicilio social de la antigua Federación Patronal de los Ramos de la Construcción de Barcelona, Rambla de Canaletas, 6-1º, reunidos los Sres. Delegados de las entidades inscritas en la misma, se dio cuenta de haber sido aprobados por la autoridad Gubernativa los Estatutos reformando la antigua Federación y leídos que fueron declaróse constituida con arreglo a dichos Estatutos la Federación Patronal de Barcelona».

En la primera reunión que la Federación celebró después de su reestructuración se eligió el primer directorio y cabe señalar que todos los miembros que salieron elegidos pertenecían a las industrias de la construcción.

Los estatutos de la nueva Federación reflejaban los propósitos de los hombres que estaban detrás y manifestaban claramente que se presentaba como una fuerza contrarrevolucionaria. Dichos estatutos señalaban que la organización tendría unas competencias hasta ahora desconocidas en el mundo organizativo empresarial. Sacaban a la palestra la cuestión de influir corporativamente cerca de los poderes oficiales, ya que se quería intervenir en todo lo referente a las medidas legislativas relacionadas con problemas laborales.

Pero, además, la pretensión de la Federación era establecer un control absoluto sobre el funcionamiento de sus sociedades adheridas. Acudamos una vez más a la lectura de los estatutos. Según señalaban, éstas tenían la obligación de comunicar a la organización cualquier indicio de conflicto que surgiese en alguno de los oficios que la integraban. Además, el control se pretendía que fuese más allá del ámbito barcelonés, ya que se especificaba que las empresas podían ser de cualquier punto de Cataluña. Para hacerse socias de la nueva Federación, las sociedades tenían que pagar una cuota de entrada, uno de los medios con que esta organización contaba para su financiación. Ahora bien, esta cuota variaba según el número de obreros que tuviese cada empresa afiliada. Esta premisa llevaba aparejada una jerarquización dentro de la organización; en otras palabras, estaba claro que la última decisión la tendrían los empresarios que tuviesen un número más alto de obreros, en detrimento de los pequeños patronos.

Este control de la Federación Patronal también afectaría a los obreros: finalmente, para la patronal, se hacía realidad crear una bolsa de trabajo, cuya función más destacada sería romper las huelgas. Para ello, la Federación dispondría de un fichero, donde obligatoriamente figurarían todos los datos personales de los asalariados de los patronos federados. En caso de huelga, la bolsa facilitaría a los patronos afectados los obreros que se considerasen adecuados para reemplazar a los huelguistas. Se proyectaba, también, crear un seguro de enfermedad, casas baratas y una escuela de aprendices para los hijos de los obreros. En definitiva, desde la Federación se pretendía hacer realidad la ilusión esbozada en otras ocasiones: controlar de cerca no solamente la vida laboral, sino también el mundo social y personal de los trabajadores.

Otro punto giraba alrededor del tema del locaut. De entrada, los estatutos señalaban que todos los patronos de un idéntico ramo industrial estaban obligados a secundar las consignas de un cierre patronal cuando cualquier problema planteado en un sector del ramo durase más de dos días. Ahora bien, en el caso de que una huelga durase más de veinte, todos los patronos federados tenían la obligación de sostener el locaut siempre que así lo estipulase el Directorio de la Federación. Para ayudar a aguantar los posibles paros patronales, se preveía la creación de un seguro mutuo de huelgas.

La virulencia que tomó la huelga de La Canadiense fue el motor que aceleró el proceso de organización de aquella Federación Patronal de Barcelona. Ésta, una organización de combate, ya se ha visto, hundía sus raíces bastantes años atrás pero ahora, en 1919, algunos discursos de sus líderes recordaban a la nueva derecha que aparecía en Europa. Se verá más adelante. En aquel contexto, el sueño de articular toda la patronal catalana en un sindicato patronal único, siguiendo un modelo paralelo al que había seguido la CNT, ya no se presentaba a los ojos de los patronos como una utopía, sino como una realidad. A partir de ahora, y hasta el golpe de estado de 1923, la Federación Patronal se convirtió en un poder con el que había que contar.

En una reunión celebrada en la sede de la Federación Patronal se estableció que su presidente sería un hombre de cuarenta y seis años de edad, Félix Graupera Lleonart, un antiguo líder carismático de los patronos de la construcción. Ni más ni menos que desde 1902.

Cuando durante la primavera de 1919 se fundó en Barcelona la Federación Patronal de Barcelona, heredera de antiguos gremios de la construcción, la organización patronal más importante de Cataluña era el Fomento del Trabajo Nacional, el origen del cual se remonta al año 1771 y aún está en vigor. Sus estatutos le prohibían actuar como una sociedad de resistencia, lo cual permite entender que diera todo su apoyo y recursos económicos a la Federación Patronal, convertido en un verdadero “Sindicato Patronal de resistencia”.

«Pau i sempre Pau» El Somatén de Barcelona

En Barcelona, el 22 de enero de 1919 amaneció gélido y la luz del sol lució pocas horas. Pero, aquel mismo día, un hombre que lucía espesa barba y bigote, el Comandante General del Somatén, Pedro Cavanna Sanz, organizó el Somatén de Barcelona en todos los distritos barceloneses en los cuales la institución no estuviera representada. Aprobó nuevas instrucciones, organizándolo por distritos y, éstos, por demarcaciones, diferenciando, además, las zonas rurales de las urbanas. El Somatén barcelonés se establecía y organizaba, según sus mandos, «para la defensa individual y colectiva de las vidas y haciendas de sus habitantes contra todo ataque al orden social, y para hacer respetar las leyes y autoridades legalmente constituidas». En realidad, se argumentaba que los disturbios acaecidos durante las huelgas generales de 1902 y 1917 en Barcelona podían haber sido mucho menos violentos de haber actuado el Somatén.

El reglamento de la institución indicaba cuando el Somatén tenía que entrar en acción. En primer lugar, cuando lo ordenasen sus «jefes naturales», siempre bajo la indicación del capitán general que era su jefe supremo. En segundo lugar, en el momento en que se declarase el estado de guerra –salvo orden que expresara lo contrario-. Y, en tercer y último lugar, si se producía en la ciudad un acto revolucionario, en cuyo caso los somatenes locales podrían actuar por propia iniciativa sin esperar órdenes de sus jefes. En estas circunstancias concretas, los somatenes tenían que impedir la formación de grupos en las calles empleando las armas para disolverlos y haciéndose fuertes en lugares estratégicos para dar lugar a la llegada de las tropas u otras fuerzas. Al igual que el resto de somatenistas, los de Barcelona llevaban un distintivo, un brazalete azul, que los definía como tales. Y una placa adosada a la solapa que introducía la novedad de estar rodeada de un círculo esmaltado en blanco con la inscripción: «Sometent-Barcelona».

Tradicionalmente, el Somatén había sido un cuerpo armado integrado por unas clases propietarias concretas con una finalidad muy clara de defensa del orden en el campo. Al parecer, el Somatén de Barcelona siguió el mismo criterio, solo que ahora su campo de acción sería la ciudad condal. Algunos de sus componentes estaban ligados a diferentes formaciones políticas, como la Lliga Regionalista y otras. El punto aglutinador, lo que unía a aquellos hombres, no era tanto un ideario político definido, sino más bien la conciencia de pertenecer a una determinada clase social que en aquellos momentos parecía peligrar.

El «padre» de la idea había sido un personaje civil, miembro de la burguesía: Carles de Camps i d’Olzinelles (1860-1939), segundo marqués de Camps. Entre las clases económicamente dominantes catalanas era muy conocido debido a que, como propietario, fue titular de uno de los patrimonios agroforestales más importantes de Cataluña y desde finales del siglo XIX venía ocupando cargos relevantes: entre otros, era presidente de la Federación Catalano-Balear y del Instituto Agrícola Catalán de San Isidro. De su faceta política cabe destacar que militó en las filas de la Lliga y presidió la Diputación de Girona. En 1919 cambió de partido y se afilió a la Federación Monárquica Autonomista (FMA), fundado para aglutinar a los elementos monárquicos catalanistas. En los años que van del 1919 al 1923 fue senador por Girona.

Otros representantes de las «fuerzas vivas» que tuvieron cargos relevantes en la institución fueron Eusebio Bertrand i Serra, uno de los industriales textiles más importantes de Cataluña, y Salvador Samà i de Torrents, marqués de Marianao, propietario, político y financiero. Samà era descendiente de una familia de indianos naturales de Vilanova i la Geltrú, enriquecidos con el comercio colonial.

Cabe destacar que en la iniciativa de organizar un cuerpo armado civil en Barcelona, como era el Somatén, habían intervenido también elementos militares.

El carácter clasista del Somatén quedó de manifiesto en esta alocución que hizo en las Cortes el abogado y político republicano federal, Francesc Layret:

«Este Somatén tiene un carácter especialmente de clase; no se admitió en él a un solo obrero. No se invitó a los que figuraban en los partidos avanzados».

La creación de este cuerpo armado fue un gran éxito. Desde que en enero de 1919 se constituyó, hasta el mes de marzo del mismo año, coincidiendo con la huelga de La Canadiense, el número de sus integrantes se elevó a la cifra de 7.000, calculando sus organizadores que podría llegar a reclutarse hasta 15.000 hombres. De ellos, ya se ha dicho que sus financiadores, organizadores y dirigentes eran personajes «notables» de la patronal catalana y lo que puede resultar relevante: la mayoría eran miembros destacados del Fomento del Trabajo Nacional.

En este sentido, resulta muy oportuno prestar atención a lo que el célebre intelectual marxista italiano, Antonio Gramsci, cofundador del Partido Comunista Italiano, publicó en el año 1921 sobre la Barcelona de 1919, donde aseguró que esta ciudad alumbró un fascismo que antecedió al de Mussolini:

«[…] El movimiento revolucionario [en Barcelona] se hizo impetuoso, los sindicatos organizaron [l] la casi totalidad de las masas industriales, de huelgas, los lock outs [sic], los estados de sitio, la disolución de las cámaras de trabajo y de las Ligas, los asesinatos, los fusilamientos en las calles se convirtieron en el pan cotidiano de la vida política. Se formaron los fasci (los somatenes) antibolcheviques; estos se constituyeron inicialmente como en Italia, con personal militar, en las juntas de los oficiales [alusión a las Juntas de Defensa], pero rápidamente ampliaron sus bases, hasta llegar a enrolar [..] 40.000 hombres armados.. Siguieron la misma táctica que los fascistas en Italia: agresión a los jefes sindicalistas, terrorismo contra las masas trabajadoras, oposición a toda forma organizativa, ayuda a la policía regular en las agresiones, en los arrestos, ayuda a los esquiroles en las agitaciones de huelga y en los lock outs. […].

[…] En Italia atravesamos la fase atravesada por España en 1919: la fase de armamento de las clases medias y la introducción, en la lucha de clases, de los métodos militares del salto y el golpe por sorpresa.»[1]

La Brigada Automovilística

Pero hay algo que introduce una novedad en la práctica de la actuación somatenista. Como un apéndice del cuerpo armado de la Institución, entre marzo y abril de 1919 se creó en Barcelona una Brigada Automovilística integrada por chóferes y motoristas, a los que el comandante general Cavanna señaló como «humildes y honrados obreros». Funcionó codo a codo con el Somatén. Su creación no fue baladí: se sabía que los hombres de la Brigada (como mínimo eran doscientos), conduciendo coches, y, sobre todo, motos, tendrían una mayor movilidad para desplazarse por las oscuras callejuelas del barrio antiguo de la ciudad en busca y captura de obreros conflictivos. Dada la escasa documentación que ha sido posible localizar, es imposible lograr establecer si esta Brigada llevaba o no armas reglamentarias en el momento de actuar como fuerza represiva. Ahora bien, lo que sí se constata es que la burguesía utilizaba a unos trabajadores para enfrentarlos a otros trabajadores. Ello ocurría tres años antes que Mussolini creara en Italia los «fascios de combattimento» con el fin de utilizarlos contra las fuerzas de izquierda.

La flamante Brigada Automovilística del Somatén Armado de Cataluña, como se ha dicho integrada por chóferes y motoristas de Barcelona, había sido organizada por el somatenista oriundo de Vilafranca del Penedés Enrique Ràfols Martí. Ràfols era propietario de una agencia de aduanas; político de la Lliga, fue diputado provincial por la misma ciudad que le vio nacer. La Brigada, creada durante la huelga de La Canadiense, prestó su colaboración para el abastecimiento de la ciudad, a la vez que, según decían sus organizadores, «ayudó a mantener el orden público». La noche del sábado 12 de abril de 1919 en el Majestic Hotel de Barcelona se celebró un banquete de «confraternidad somatenista». Al acto asistieron vestidos con sus mejores trajes los 200 miembros de la Brigada, además de los prohombres de la institución del Somatén. Veamos que decían los dirigentes de esta Brigada después de la huelga general que siguió a la de La Canadiense:

«Ya habéis visto cuan plausible y oportuna ha sido la labor encomendada a este benemérito Instituto en los suburbios, barrios y calles de nuestra ciudad y la reacción moral y admirable que ha producido en todas partes, no obstante hallarnos en pleno período de organización del conflicto».

La creación de la Brigada supuso un cambio de estrategia del Somatén. Por vez primera, unos asalariados se enfrentaban a unos obreros sindicalistas declarados en huelga. Ello no se hacía para actuar como «esquiroles», una práctica antigua, sino que se hacía para llevar a cabo una práctica parapolicial.

Patronal y policías paralelas

Con motivo de la huelga general que siguió a la de La Canadiense, en que como se ha visto el capitán general nombró a Bravo Portillo delegado especial para cumplir tareas especiales, los lazos entre el ex policía corrupto y el capitán general Milans del Bosch se estrecharon. Durante el conflicto, Bravo se empleó a fondo, dedicándose a prender a diestro y siniestro a los sindicalistas y realizando registros y detenciones de huelguistas de una forma arbitraria. Probablemente, fue en este contexto cuando la patronal contrató los servicios de Bravo, creando este personaje una policía paralela a la oficial, como ahora se verá.

Dos días después de acabada la huelga general, un soleado 9 de abril de 1919, ocurría un hecho que podría calificarse de insólito: la Federación Patronal enviaba una carta, depositada ahora en el archivo Romanones, al capitán general, Milans del Bosch, rogándole que no moviese a Bravo Portillo de Barcelona. Entre las razones que se alegaban para tal solicitud era que aquella organización patronal, en nombre de la «casi totalidad» de los patronos barceloneses, había elegido al expolicía para que organizase una policía paralela, que actuaría al servicio de la patronal. Parece algo inaudito que una Federación Patronal hiciese público su intención de constituir un cuerpo de policía, sobre todo cuando el interlocutor era el capitán general. He aquí una parte de dicha misiva:

«Los abajo firmantes representantes de la casi totalidad de Patronos de Barcelona a V.E. respetuosamente exponen: Que en vista de que la Policía Barcelonesa ha dado palmarias muestras de su impotencia en evitar coacciones y atentados de que son víctimas tanto patronos como obreros libres, han resuelto la formación de una policía particular que supla esas deficiencias y sea el amparo de sus vidas constantemente amenazadas, encargando de la organización de dicha policía a Don Manuel Bravo Portillo, que tantas muestras tiene dadas de competencia policiaca, como lo demuestra entre otras, en que es el único Jefe que durante el tiempo que estuvo mandando la Brigada de Servicios Especiales, no se cometió atentado alguno (…). En su consecuencia rogamos a V.E. haga llegar al Gobierno de S.M. nuestra más enérgica protesta de que el Sr. Bravo Portillo salga de Barcelona, donde no solo presta al Comercio y a la Industria los más valiosos servicios, sino que además merece la total confianza de los firmantes (…). Por la Federación Patronal. El Secretario General Interino. José Pallejá».

Este documento es muy importante: manifiesta la responsabilidad de la patronal catalana en la constitución de fuerzas parapoliciales. Y muestra, una vez más, las estrechas relaciones que se establecían entre la Federación y Milans. Por otra parte, la carta está firmada por el secretario de la Federación Patronal, pero él se atribuía el derecho de representar a la «casi totalidad de la patronal». La pregunta que se impone es: ¿Quién estaba en aquellos momentos detrás de la Federación? Sabemos que la lideraban patronos de la construcción, alguno de ellos de la importancia de un Miró Trepat en representación de la Asociación de Contratistas de Obras Públicas de Cataluña, y que también formaban parte de ella patronos de la madera, carreteros, cocheros, industriales del hierro, navieros e incluso los empresarios de entidades productoras de energía. Además, por noticias del mismo Fomento del Trabajo Nacional, también conocemos que se había enrolado a la Federación Patronal de Barcelona, liderada por industriales de la construcción, la poderosa Federación de Fabricantes de Hilados y Tejidos de Cataluña (fundada en 1913). Por otra parte, por conducto de la Cámara Industrial, sabemos que «poco a poco [en 1919] fueron sumándose a la Federación Patronal las demás fuerzas patronales organizadas en Cataluña, y aún los fabricantes aislados, es decir, aquellos que no formaban parte de las asociaciones de resistencia, pues era tal la situación del trabajo en Cataluña, que la Federación Patronal podía contar con la adhesión material y espiritual de aquellos que, por convicción y temperamento, eran contrarios a las asociaciones de resistencia. Todo ello como consecuencia del abandono del Poder público, que entregaba su propia defensa a un sector social». No hay duda de que ante un conflicto como el de La Canadiense, una gran parte de la patronal olvidó sus diferencias para presentar un frente común, enrolándose en una organización de combate como era la Federación Patronal de Barcelona.

El Tradicionalismo

Tradicionalmente, el carlismo ha sido un movimiento contrarrevolucionario. Interesa aquí tratar someramente el tema más que nada porqué, según señalan los historiadores Casals y Ucelay Da-Cal: «los profundos cambios que este movimiento experimentó influyeron en un sector obrero del mismo cuya evolución entre 1912 y 1919 conformó en gran medida los miembros del futuro Sindicato Libre».

El carlismo español, denominado también jaimismo a principios del siglo XX, surgió en 1820 como un movimiento contrarrevolucionario que se oponía al nuevo régimen liberal triunfante en España. Tomó su forma definitiva con el pleito de sucesión real entablado en el decenio siguiente, provocando tres guerras civiles y sobreviviendo a la restauración borbónica. A lo largo del siglo XIX, el carlismo sufrió una evolución y el ideal carlista se iba pareciendo cada vez menos al tosco absolutismo del trono y el altar y acabó convirtiéndose en la proyección de un futuro de un pasado medieval idealizado. Con el tiempo, el carlismo fue construyendo una moderna estructura de partido en Barcelona y su centro de gravedad comenzó a trasladarse del interior a las costas y del campo a las ciudades, aumentando considerablemente los círculos carlistas de la ciudad condal, muchos de ellos instalándose en los barrios obreros.

El 6 de marzo de 1919, coincidiendo con los conflictos de la huelga de La Canadiense, apareció en Barcelona un nuevo semanario que llevaba por título Monarquía. El periódico –del que parece que solo salió un ejemplar- nacía con la pretensión de ser el órgano de expresión de los monárquicos tradicionalistas legitimistas. Comenzaba a publicarse en unos momentos en que la Comunión Tradicionalista sufría una grave crisis interna. El pretendiente al trono, Don Jaime, al que el semanario presentaba como el conde de Barcelona, Príncipe de Cataluña y Rey de España, había destituido a la Junta Nacional, asumiendo personalmente la dirección de la Comunión Tradicionalista. Monarquía se presentaba como un semanario combativo, que presentaba a don Jaime como la única alternativa para conjurar la «anarquía social».

La publicación del nuevo semanario coincidía –y posiblemente esa fue la causa de su publicación- con la aparición de un grupo de jóvenes tradicionalistas organizados bajo la consigna de Acció Llealtat. En realidad, eran los mismos redactores del semanario. Se presentaban como un grupo de acción, con más pretensión de actuar en la calle que en la palestra política.

El 24 de marzo, a la vez que estallaba la huelga general en Barcelona, Don Jaime, desde París, escribía una carta dedicada a «Mis leales». Esta misiva era publicada un triste 1 de noviembre, día de “Todos los Santos” del mismo año 1919 en un semanario tradicionalista que aparecía justo aquel día: El Centinela Catalán. La fecha en la que salía este periódico era crítica ya que, días antes, en el Segundo Congreso Patronal, celebrado en Barcelona, se había decidido declarar el locaut el 3 de noviembre. El contenido de la carta era un llamamiento a la acción, a la intervención. En un tono apocalíptico, típico de los Tradicionalistas, Don Jaime comenzaba asegurando que se había establecido una lucha entre «civilización y barbarie». Ante el supuesto peligro inminente de una revolución social, Don Jaime hacía un llamamiento a sus «leales», instándoles a que actuaran con firmeza.

Es un hecho que los Tradicionalistas se organizaban y preparaban para entrar en acción en un contexto de conflictividad social que se preveía como pre-revolucionario. Eran los mismos momentos en que aparecía la flamante Brigada Automovilística ya mencionada. Y los mismos momentos en que también se fundaban los Sindicatos Libres.

Los Sindicatos Libres ¿Un «fascismo a la española»?

A lo largo de los años, sobre el surgimiento y evolución de los Sindicatos Libres ha corrido mucha tinta. Se ha dicho repetidamente que estaban al servicio de la patronal, pero ha sido difícil probar esta afirmación. Hace dos años, no obstante, apareció un libro que permite acercarnos al dilema. La obra pone de manifiesto como los propietarios de la importante empresa Casa de productos químicos Albiñana Argemí eran patrocinadores de los Sindicatos Libres. Joaquim Albiñana i Folch, joven exconcejal de la Lliga Regionalista, fue asesinado por la CNT el 21 de junio de 1923.[2]

En otro orden de cosas, sobre la relación del Sindicato Libre con el fascismo, en un libro aparecido recientemente, ya citado anteriormente, Casals y Ucelay Da Cal, caracterizan a esta organización como un fascismo autóctono: «Desde nuestra óptica, ciertamente el Libre no tuvo todos los elementos que supuestamente caracterizarían al fascismo en el debate académico. Pero a nuestro juicio plasmó un fascismo autóctono cuyo rasgo más definitorio fue su violencia.»

Oficialmente, los Sindicatos Libres se dieron a conocer el 10 de octubre de 1919 en el Ateneo Obrero Legitimista ubicado en la barriada de Sants de Barcelona. ​ Sus fundadores eran un grupo de jóvenes trabajadores y dependientes del comercio que formaban parte de los círculos jaimistas de la ciudad. Citemos a algunos de ellos: Ramon Sales Amenós (se afilió al Sindicato Único Mercantil de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT), pero por sus orígenes y por su ideología carlista pronto se separó de él. Miembro del Requeté y de la sección de acción política y social del centro carlista Crit de Pàtria (Grito de Patria), formó parte del sector más radical del tradicionalismo barcelonés. Murió asesinado de forma atroz al comienzo de la guerra civil en Barcelona a manos de los anarquistas); Joan Laguía Literas Literato (periodista y sindicalista. Militante carlista y cofundador de los Sindicatos Libres, ha sido calificado por Colin M. Winston como «el profeta de la violencia de los Libres».​ Fue arrestado en el Madrid republicano al inicio de la Guerra Civil y asesinado en lugar y fecha desconocidos); Ceferino Tarragó e Ignaci Jubert.

Ahora bien, como a menudo suele acontecer en el resbaladizo mundo de las organizaciones, todo indica que el nuevo sindicato se había gestado meses atrás, concretamente a principios del 1919, poco antes de que estallase el conflicto de la huelga de La Canadiense, y sus afiliados no pasarían de los dos mil. Casi en el mismo momento de que en la ciudad de Milán, con apenas unas docenas de presentes, un antiguo socialista, Benito Mussolini, fundara el denominado Fascio di Combattimento. El promotor de los Libres, según dos misivas depositadas en el archivo Romanones sería el jefe del negociado de Asuntos Sociales del Gobierno Civil, delegado del Ministerio de Trabajo, el Comandante Bartolomé de Roselló. Es significativo que el impulsor de esta organización fuera un hombre que ocupaba este cargo oficial, desde el que tenía el control de los temas sociales; principalmente en el tema de la tramitación de las huelgas. Desde ese cargo podía controlar de cerca la actuación del movimiento sindical que estaba potenciando, evitando así que su actuación se le escapase de las manos; a la vez, dividía el movimiento obrero, provocando un cisma en el Sindicato Único (la CNT) al pasarse muchos afiliados a los Libres. No todos los obreros eran y son revolucionarios; a menudo, lo que necesitaban y necesitan es un paraguas que les de cobijo.

Como se ha indicado, ciertos sectores sociales soñaban con un fascismo que estaría asentado sobre unas bases ya organizadas previamente en los Sindicatos Libres.

Durante los primeros tiempos, en general, la patronal estuvo encantada con la actuación del nuevo sindicato. Por una parte, se mostraba agresivo con el anarcosindicalismo; por otra, era evidente que podría fraccionarlo. Ya que el gobierno se negaba a implantar la sindicación obligatoria y única -en el fondo el corporativismo- que hiciera posible acabar con la CNT, el Libre podría dividir y neutralizar este sindicato. Los empresarios daban facilidades de trabajo a los del Libre y les hacían servir como «esquiroles» en caso de huelgas.

Al crear su sindicato, los hombres del Libre eran conscientes de que se dirigían de manera irreversible a la guerra con la CNT.

Notas

  1. Artículo publicado el 11 de marzo de 1921 como «Italia y España», no firmado y reproducido en A. Gramsci Sobre, pp. 73-74. Esta cita se ha obtenido de la obra de CASALS MESEGUER, Xavier/UCELAY- DA CAL, Enric, El fascio de las Ramblas, op. cit., pp. 246-247.

  2. GARCÍA DAZA, Francisco, Can Folch. Memoria de una fábrica 1882-1987, Barcelona, Ediciones Carena, 2022, p. 296.