
Soledad Bengoechea, doctora en història contemporània. Membre del Grup de recerca consolidat “Treball, Institucions i Gènere” i de Tot Història Associació cultural.
Este artículo es el tercero de una serie de tres, artículo 1 i artículo 2
Sin duda, no obstante, la maniobra contrarrevolucionaria más importante que la patronal utilizó después de las imponentes huelgas de principio de 1919 fue el locaut que la Federación Patronal decretó y que durante ochenta y cuatro días mantuvo la ciudad de Barcelona cerrada. Entonces, todos los elementos contrarrevolucionarios que habían surgido durante la primavera anterior volvieron a ponerse en acción. Al parecer, el Somaten ya contaba a aquellas alturas con 60.000 hombres armados. Situémonos en aquella ciudad de hace poco más de un siglo. Observemos aquel verano de 1919 que sucedió a una primavera caliente, una primavera en la que se vivieron los agitados días provocados por la huelga de la Canadiense.
Durante estos meses, por las ciudades industriales catalanas pululaban soldados, guardias civiles, policías, somatenistas, hombres de la Brigada automovilística. ¿Por qué el gobierno permitía esta exhibición de fuerza? Porque estaba establecido el estado de guerra que se había dictado con motivo de la huelga de La Canadiense. Para los obreros, ¿qué significaba esto? Simple y llanamente: que los sindicatos estaban cerrados, que la prensa obrera no se imprimía y que las prisiones estaban llenas a rebosar. Las mujeres, vestidas con ropas oscuras, recosidas, muchas llevando el tradicional delantal, calzadas con viejas alpargatas y peinadas con un moño estirado, hacían colas a las puertas de las cárceles para llevar a sus estimados un poco de comida, de consuelo. En los trabajos continuaba habiendo conflictividad social y los paros, los despidos y los atentados estaban a la orden del día.
Barcelona seguía en estado de guerra y Milans del Bosch continuaba en su cargo. Durante el mes de julio, el abogado y político conservador Joaquín Sánchez de Toca substituía a Antonio Maura en la presidencia del gobierno. A sus sesenta y ocho años, Sánchez de Toca lucía un enorme bigote y un semblante serio. Enseguida nombró ministro de Gobernación al terrateniente castellano y reformador social Manuel Burgos y Mazo. Este, siendo católico social, rechazaba la petición de sindicación obligatoria y se posicionaba por una sindicación voluntaria que seguiría dando juego a los sindicatos católicos. Y colocó de gobernador civil de Barcelona a Julio Amado, un militar de carácter dialogante. Es evidente que el gobierno se mostraba reformista, al menos mucho más que la patronal.
Llegados al mes de octubre, cuando el día ya comenzaba a acortar, Sánchez de Toca presentaba una larga exposición al rey. En ella justificaba la solicitud que presentaba para la elaboración de un Real Decreto, mediante el cual se constituiría en Barcelona una Comisión Mixta del Trabajo. Esta medida se había solicitado desde algunas corporaciones económicas catalanas, lideradas por el Fomento, al mismo Sánchez de Toca.
Y, por otra parte, a través del nuevo gobernador civil, Amado, se promocionó una comisión mixta entre representantes de la patronal y líderes sindicales de la CNT. Comisión que no llegó a operar porque patronos y, finalmente, la CNT la rechazaron. Fue en aquellos momentos cuando la patronal expresó su intención de declarar un cierre de empresas. ¿Por qué?, cabe preguntarse. Veamos las estrategias: con la paralización de la actividad económica que el locaut acarrearía podría hacer caer este gobierno reformista. ¿Quizás se podría conseguir una dictadura militar? ¿O el decreto de una sindicación obligatoria y única por ramos de industria para patronos y obreros, en el fondo el corporativismo? ¿Sería posible así erradicar la lucha de clases?
¿Cuál sería la herramienta idónea para declarar un cierre patronal? Aunque pueda parecer una paradoja, finalmente la patronal acordó que el locaut de Barcelona, declarado ilegal y que se acordaría durante el Segundo Congreso Patronal, se decretase en Madrid. Los empresarios catalanes pretendían que el cierre patronal se extendiera por todo el Estado y que la Confederación Patronal Española (CPE), una organización fundada en 1914 que aglutinaba las distintas federaciones patronales, fuese el organismo que representase todas las patronales españolas. Así, el centro de decisión se situó en Madrid, en la sede de dicha CPE. Pero la herramienta que llevaría a cabo el locaut sería la Federación Patronal de Barcelona. Rambla Canaletes 6, 1ª era el lugar donde esta organización tenía la sede, y donde conspiraba. Desde allí se convocó entonces un Segundo Congreso Patronal.
Como ocurrió hacía unos años, en 1914, la CPE respondió de inmediato a la propuesta de la Federación Patronal de Barcelona y, rápidamente, esta organización se invistió de una tal autoridad que se atrevió a instar al gobierno que «hasta la celebración del mismo (del Congreso) aplace el gobierno la implantación de toda disposición o reforma de carácter social o la discusión de proyectos de esta índole que hubiese de llevar al Parlamento (…)». Y, poco después, Francisco Junoy (catalán, como su primer presidente), líder entonces de aquella Confederación, dijo con una voz firme, vigorosa: «¡adelante con el paro patronal, cerrando las empresas, las fábricas, los comercios, ofrecemos nuestro apoyo, España estará con vosotros!». Así, la patronal catalana convocaría, antes que nada, un Segundo Congreso Patronal Español a celebrar en Barcelona. Y en él se declararía el cierre patronal.
La patronal asumía que para conseguir sus proyectos era necesario contar con el ejército. Por eso, el último día de celebrarse el Congreso el presidente de la Federación Patronal, Félix Graupera, anunció que se había pedido hora a Milans, «no como tal, sino porque es el que más representa al orden y a la justicia y que a las siete podrán visitarle todos los Congresistas». Y, a esa hora, el militar agradeció las muestras de afecto con estas palabras:
«Este saludo vuestro lo acepto, porque tengo la seguridad de que no va dirigido a mi persona, sino al Ejército a quien represento por la Autoridad que represento. En su nombre os agradecemos la confianza que en él depositáis para el mantenimiento del orden y la defensa de los intereses de la Patria, que no son que no son solo los intereses de los patronos».
Empieza la huelga patronal y los ministros presentan su dimisión
Todo estaba listo, había llegado el momento. En Madrid el gobierno recibió la noticia de que en Barcelona se declaraba el locaut. El primer ministro consideró a los patronos irritantes: ¿qué se habrán creído?, pensó, y se dijo ¡parece que están dispuestos a cumplir su amenaza! Por su parte, el ministro de la Gobernación, Burgos y Mazo, se cuadró. Calificó la decisión de ilegal, dado que sostenía que se había declarado de espaldas al gobierno. Es evidente, pues, que los patronos catalanes quedaban fuera de la ley.
El 3 de noviembre de 1919, un día lluvioso según la prensa, la Federación Patronal de Barcelona asumía que iba a realizar una medida ilegal, pero siguió con la amenaza de comenzar en Barcelona un primer locaut, parcial e ilegal, que finalizó el día 30. Una acción que el Fomento del Trabajo Nacional a estas alturas ya no dudaba en justificar: «No cabe, por tanto, otra solución, por dolorosa que parezca, que el lock-out», decía uno de sus dirigentes.
Esta medida drástica, ¿que significó? Fue un ejercicio de prueba de la Federación Patronal, un querer tratar de valorar hasta dónde le alcanzaban sus fuerzas y sus posibilidades reales de hacer actos de presión a todos los patronos catalanes y españoles. El locaut fue, también, una amenaza al gobierno de Sánchez de Toca, al que se consideraba débil y reformista, como así mismo al ministro de la Gobernación y al gobernador civil de Barcelona.
Por Barcelona corrían rumores, y el 1 de diciembre se confirmaron: la Federación Patronal de Barcelona decretaba un locaut total. Se tendría que aplicar también en las diversas ciudades industriales catalanas: Igualada, Sabadell, Terrassa, Manresa…. ¿Cómo respondió el gobierno? Estaba fuertemente impactado. Una muestra: los ministros presentaron la dimisión. Mientras, por el Congreso de los Diputados corrían noticias de que quedaría constituido un gobierno militar. Pero no. Se formó un gabinete de concentración integrado por civiles y por un conservador maurista, Manuel Allendesalazar. Este político, de escaso cabello cano, era de formación ingeniero. Había nacido en Guernica un 24 de agosto de 1856, y falleció en Madrid el 13 de marzo de 1923.
El gobierno continuaba teniendo miedo. Miedo del contubernio que en Barcelona formaban los patronos y los militares. Por esta razón intentó tranquilizar los ánimos de las clases acomodadas enviando a esta ciudad de gobernador civil a un hombre de línea «dura»: Francisco Maestre Laborde-Boix, el conde de Salvatierra, licenciado en derecho. Era un hombre que lucía inmensos bigotes y tupida barba y que por aquel entonces contaba cuarenta y ocho años de edad. Su fuerte carácter y capacidad para enfrentarse a situaciones de conflicto le habían llevado a ocupar diversos gobiernos civiles y a lidiar con circunstancias complejas, como lo era la de Barcelona del momento. El 4 de agosto de 1920 sería abatido a tiros por un grupo de anarquistas en la ciudad de Valencia.
Segundo intento de golpe de estado en medio del locaut
El 5 de enero de 1920, bajo un frío invernal, por Barcelona se sintió una voz de alarma: ¡han herido a Graupera en un atentado! ¡Han herido al presidente de la Federación Patronal de Barcelona! En efecto, cuando el líder patronal subió en un Ford negro recibió un tiro en la pierna. La noticia, pensando en sus consecuencias, haría temblar a muchos trabajadores, que proclamarían: ¡es la excusa que la patronal esperaba! Bien, la cuestión es que los patronos se plantaron delante del gobernador civil de Barcelona gritando: «Los patronos ya no podemos más». Así fue que, como consecuencia, se clausuraron los sindicatos obreros y se detuvo a sus dirigentes.
Paremos un momento y fijémonos en el personaje herido: Fèlix Graupera, líder de la Federación Patronal de Barcelona. Cuatro años después, pasó a residir a Madrid para liderar la Confederación Patronal Española. Si en este atentado quedó herido no tuvo tanta suerte unos años más tarde, concretamente en 1936, cuando contaba 63 años de edad. Entonces fue abatido por unos anarquistas en la localidad de Arenys de Munt, cercana a Barcelona. Lo más probable es que Graupera fuera un empresario sin demasiadas responsabilidades profesionales, de lo contrario no se entiende que mantuviera una gestión organizadora tan importante y que estuviera a dispuesto a cambiar de domicilio e ir a vivir a Madrid.
En aquellos tensos momentos fue cuando Milans del Bosch se atrevió a amenazar con un golpe de estado si no se le permitía declarar un estado de guerra. La patronal lo apoyaba. El gobierno no podía evitar sentir temor ante el apoyo de la patronal catalana a la conspiración de Milans, y dio un ultimátum al militar: este volvería a Barcelona, ocuparía el cargo, pero no tendría autorización para decretar el estado de guerra. Según indican viejos papeles, un gran sector de las clases acomodadas barcelonesas, al enterarse, pidió al militar que «se pronunciase».
Como se está poniendo de manifiesto, después del atentado contra Graupera, en pleno locaut, la burguesía jugó fuerte con el fin de impulsar un gobierno militar, aunque la apuesta falló. Pero no estaba todo acabado. Ahora dibujó dos estrategias que tenían como finalidad crear órganos de poder locales que hicieran que los conflictos obreros fueran inviables, al margen de cualquier clase de poder que hubiera en Madrid. Veamos la primera: se pedía al gobierno que las cuatro autoridades que ahora mandaban en Barcelona permaneciesen en la ciudad indefinidamente: Milans del Bosch, capitán general de la IV Región Militar, el conde de Salvatierra, gobernador militar, Severiano Martínez Anido, que después sería gobernador civil, y, especialmente, el general Miguel Arlegui, jefe de policía. Nacido en 1858 en Madrid, Arlegui era el jefe de policía de Barcelona y dejó un triste recuerdo para los sindicalistas, algo que puede verse en los recuerdos escritos de los hombres de la CNT. Contando con este trío maniobrando en Barcelona, la patronal quería conseguir que la paz reinase en la ciudad.
Veamos la segunda estrategia: las corporaciones económicas y sociales formaron un Comité Ejecutivo que quedó liderado por el Fomento. Dicho Comité escribió un manifiesto, en forma de «hoja volante», en castellano y catalán, dirigido a los ciudadanos «catalanes y madrileños» y, antes de repartirlo, más de cuarenta asociaciones catalanas quisieron adherirse y firmarlo. ¿Quiénes eran estas sociedades?, ¿eran todas económicas? Pues no. Entre ellas se encontraban también otras de diferente naturaleza social: des del Centro Excursionista de Cataluña hasta la Asociación de Ingenieros Industriales o la Academia de Jurisprudencia y Legislación.
La burguesía, ¿qué pretendía con este paso? Trataba de incentivar a las “fuerzas vivas” de Barcelona y Madrid para que se dirigieran al gobierno dando apoyo a las peticiones contenidas en el citado manifiesto, en el cual, la demanda principal era la de solicitar un órgano de gobierno para toda Cataluña, que fuese independiente del mundo de la política.
Finalmente, mediante un manifiesto, la Federación Patronal dejó claro sus propósitos: señaló los puntos que los obreros tendrían que cumplir si querían volver al trabajo. Uno de ellos reveló, quizás, el mayor motivo que llevó a la FPB a decretar el locaut: no reconocía a la CNT. Hecha esta declaración de principios, el documento continuaba con aquello que ya obsesionaba a la patronal: la contratación debería de ser individual, no colectiva, y con las condiciones fijadas por la propia Federación Patronal. El modelo que los obreros tendrían que aceptar si querían que acabase el locaut imponía unos puntos muy duros. Unos puntos que estipulaban aquello que ya se planteó durante el Segundo Congreso Patronal que precedió al locaut: la duración del contrato sería de un día solar; es decir, que se renovaría diariamente. Y el documento seguía: si cualquier circunstancia (lluvia, avería de las máquinas, falta de primeras materias o de fuerza motriz o enfermedad) impedía hacer el trabajo, el salario no se cobraría. Por último, la nota señalaba la prohibición de que los delegados obreros tuviesen cualquier papel en la dirección u organización del trabajo. Para conseguir de facto la desarticulación de la CNT, el documento acababa señalando que solo se entraría en negociaciones con otro tipo de organizaciones obreras. Y para reforzar todo lo apuntado, la Federación Patronal recomendaba que solo se diese trabajo a aquellos obreros que no estuviesen sindicados.
El referido manifiesto de la Federación Patronal presentado el 15 de enero fue, entre otras cosas, una provocación. Hacia los obreros, pero también hacia un gobierno presidido por Allendesalazar, ya en la sesentena, que respondió haciendo una manifestación de fuerza. Contactó con Salvatierra, el gobernador civil, y le dio una orden: «el paro patronal solo se acabaría cuando él lo dispusiese» y concretó: el 26 de enero. Un bando emitió la orden. No obstante, era ambiguo, no decía nada sobre las condiciones que la Federación señalaba para poner fin al locaut. Pero quedaba implícito que los patronos debían abrir sus puertas aunque los obreros no firmasen los contratos de trabajo estipulados por la patronal. En ese sentido, el contenido del bando era tajante: ordenaba que la patronal se desmovilizase. Prohibía, taxativamente, que hiciese uso de la fuerza, lo cual quería decir, entre otras cosas, que el Somatén tenía que dejar las armas en los arcones. En definitiva: negaba a los patronos el derecho de ejercer aquellas funciones que habían desempeñado durante el locaut «y que a partir de ahora solo serían competencia del gobierno». En definitiva, recordaba que era el Estado quien contaba con el monopolio de la violencia.
Así, el locaut se acabó el 26 de enero de 1920, pero con condiciones impuestas por la FPB: los obreros entrarían en el trabajo de uno en uno, sin la intervención se los sindicatos y firmando contratos de “un día solar”. Una parte de los trabajadores, agotados, cumplieron la orden. Y así finalizó el locaut.
Visto en perspectiva se impone una reflexión: parece evidente que el cierre patronal significaría el paro, el hambre y la desesperación para los trabajadores. Pero ha de tenerse en cuenta, también, las pérdidas que ocasionó a los empresarios. Las memorias del Fomento del Trabajo Nacional correspondientes a finales del año 1920 cifran estas pérdidas en más de mil millones de pesetas (de la ápoca). ¡¡¡Mil millones de pesetas!!! Y aquí situamos la reflexión, o la pregunta: a la patronal, ¿le valió la pena haber cerrado las puertas de sus empresas y comercios? Probablemente la respuesta es negativa. Por un lado, no consiguió «exportar» el locaut a otras zonas de España, lo que le había dado más fuerza para conseguir sus objetivos.
I bien, finalmente, podríamos preguntarnos ¿por qué el locaut no pudo extenderse a otras zonas de España? ¿Por qué, en definitiva, los patronos españoles no siguieron las consignas de decretar el locaut? Veamos las diferencias esenciales que marcaban la actitud de las diferentes patronales: en otras zonas industrializadas de España, también había obreros industriales, recodemos Euskadi (sobre todo Vizcaya) o, en menor medida Asturias. Pero había dos cuestiones: por un lado, está el tema de les proporciones. El número de trabajadores de la industria en Cataluña era mucho más alto que no en aquellos lugares antes señalados. Por otro lado, tanto en Euskadi como en Asturias los sindicatos mayoritarios eran la UGT y los sindicatos católicos, ambos reformistas, no revolucionarios. En cambio, en Cataluña, el año 1919 un número tan considerable como 400.000 obreros estaban sindicados a la CNT, que tenía como última finalidad subvertir el orden social. Es así, creo que se puede explicar la actitud de la patronal catalana al tratar de eliminar, a cualquier precio, este sindicato confederal.
Referències
Ben Ami, Shlomo, El cirujano de hierro. La dictadura de Primo de Rivera 1923-1930, RBA Libros, 2012.
Soledad Bengoechea, Barcelona, 1919: la huelga patronal que alumbró la dictadura de Primo de Rivera, Barcelona, Libélula Verde, 2024.
Soledad Bengoechea, Organització patronal i conflictivitat social en Catalunya, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1994.
Xavier Casals/Enric Ucelay-Da Cal, El fascio de las Ramblas, Pasado&Presente, 2023.






